De esas niñas que no celebran…

Había que ser muy ágil para poder llegar sano y salvo a casa, luego de una mañana atropellada dentro del salón de clases del grupo 1ero. C de la secundaria publica más odiada del sur del DF.

Tenía entonces 11 años cuando, después de un cambio de turno, llegué  al salón de clases. Como era de esperarse nadie me hablaba porque, claro, era yo la niña nueva que nada tiene que hacer ahí cuando ya todos se han integrado.

Pasaron varios días y yo seguía en las mismas: caminaba sola por el patio de la escuela, me sentaba en el rincón más alejado de todos, pedía a Dios, sí a Dios, que todo terminara pronto y que el timbre de la hora de la salida llegara antes de lo acostumbrado.

Regresaba al salón a echarme las clases de Español  que tanto odiaba pues me suponían una tortura: declamar frente a mis compañeros que me ignoraban olímpicamente, participar en obras de teatro y hablar por cinco minutos de algún tema, el que fuera, pero que me tuviera cinco largos minutos haciendo ademanes sin que me temblara la voz.

Ella se llamaba Andrómeda, nombre digno de quien me enseñó a mirar al cielo y a creer en mí. Tenía el cabello crespo y largo hasta la cintura. Morena, de labios gruesos, ojos grandes y enormes pestañas. Tenía ella entonces, 12 años y desde el primer instante que me vio llorar se acercó a mí.

Yo solía ser una de las ignoradas del grupo, en realidad creo que a estas alturas, nadie de esos niños que eran, me recuerda. Andrómeda, sí.  Yo lloraba a diario en la escuela, no había un momento más doloroso que el saber que amanecería y tendría que ponerme ese uniforme gris con suéter verde que me hacía invisible ante todos.

Por Mariana López Hernández

Descubre mas sobre este maravilloso relato:

Copia de NI;AS 2

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Unable to load the Are You a Human PlayThru™. Please contact the site owner to report the problem.