“Resignificar el pasado para echar luz sobre el presente” Entrevista con Sandra Lorenzano

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A través de la historia de Rita Hayworth, Sandra Lorenzano le da voz a las mujeres violentadas en México.

Según estadísticas, la trata de personas es el segundo negocio ilícito más rentable en el mundo y el 73 por ciento de las víctimas son mujeres. Es, justamente la trata y la violencia contra las mujeres un tema que por muchos años ha interesado a Sandra Lorenzano y que refleja en su nueva novela, La estirpe del silencio (Seix Barral). “Cuando yo empecé a pensar en esta novela, la pensé sobre todo porque quería transmitir de alguna manera toda la desazón, todo el dolor y toda la tristeza, pero también todo el enojo que me provoca la situación de violencia en contra de las mujeres en nuestro país.”

Lorenzano es escritora y Vicerrectora en la Universidad del Claustro de Sor Juana, algunos de los temas en los que se ha especializado, además de la misma literatura, son el exilio, la memoria y la violencia, y cómo el arte puede ser un arma en contra del horror,  “No es mucho lo que se puede hacer a través de la escritura, pero se puede pensar en sensibilizar a quien se acerca a lo que escribes, en compartir, en tratar de tocarle el núcleo más profundo  de la afectividad o de  la emotividad, y hacer que no permanezca  todo el tiempo inmune ante las noticias del horror que recibimos. Esta es una de las grandes maravillas de la literatura, puedes abrir un periódico y leer que hay miles de muertos y dices “¡Qué barbaridad!”, pero cuando te cuentan la historia de uno de esos muertos sientes que te llega al fondo de tu ser. Pensé que yo tenía un compromiso ético con eso, que si yo creía que teníamos que reaccionar como sociedad, yo también tenía que hacer algo para que eso sucediera.”

En La estirpe del silencio hay dos historias, la principal es la de Margarita Carmen Cansino, mejor conocida como Rita Hayworth, sin embargo Lorenzano no se dedica a contar la historia de la diosa del amor de Hollywood, sino que nos cuenta el antes y el después, vemos el retrato de una niña abusada y sometida por un padre sin escrúpulos, y el de una mujer grande que después de haber sido la mujer más deseada se encuentra en la Patagonia intentando curar sus alucinaciones, fruto del naciente alzhéimer, y recordando su dura formación para ser “Gilda” relatados en unos monólogos sumamente poéticos y conmovedores. La otra historia es la de Claire y Annete, dos francesas que aún con la dureza de la vida y las tragedias a las que se enfrentan, se han prometido ser las guardianas de la memoria. La memoria es tema central en la obra de Lorenzano, “soy una obsesionada con el tema de la memoria, pero no como memoria anquilosada del pasado, sino como memoria como forma de resignificar el pasado para echar luz sobre el presente”.

¿Por qué hablar de Rita Hayworth?

Tenía muchas ganas de situar la novela en Tijuana. Primero porque es una ciudad que me parece fascinante, es una de las ciudades con mayor energía creativa que hay en este país, con una vitalidad increíble, y en general sólo conocemos la leyenda negra de Tijuana como esa ciudad que nació como resultado de las prohibiciones en Estados Unidos, incluso hasta el día de hoy la marca de Tijuana como ciudad de violencia y con mucha delincuencia, pareciera ocultar a ratos esa otra Tijuana maravillosa. Leyendo sobre Tijuana en los años 30, llegué rápidamente al que fue el centro nocturno más fastuoso de América Latina en esa época, que es el Casino de Agua Caliente, un casino que era tan lujoso que tenía pista de aterrizaje, porque los magnates de Hollywood de pasaban en avioneta desde Los Ángeles hasta Tijuana, y era muy famoso por los shows. Entre los shows del casino redescubrí, porque alguna vez mi papá me o había contado, que Rita Hayworth se había iniciado como bailarina profesional en Tijuana. Rita es hija de un bailarín de origen español, sevillano, Eduardo Cansino, que se casó con una bailarina y compañera del teatro en el que él bailaba y que se llamaba Volga Hayworth. La pareja tuvo tres hijos, la mayor fue Margarita Carmen Cansino (Rita Hayworth) que desde que empezó a caminar el padre se dio cuenta que la niña tenía un talento especial para la danza y decidió cumplir a través del destino de su hija, el destino que él no pudo tener, que era ser una gran estrella.

Y un destino que su mujer tampoco le pudo dar como su pareja de baile…

La madre era un personaje gris. Rita la menciona mucho porque la sentía muy cercana y porque la sentía también víctima del padre. Es una mujer que se refugió en el alcohol y que nunca pudo hacerle frente a ese padre que ella sabía que abusaba de su hija, sabía que la prostituía y no podía hacer nada, el tipo la tenía sometida. Maggie la menciona porque la siente una víctima igual que ella.

El hombre era un tirano…

Prácticamente no fue a la escuela y no la dejaban salir a jugar con amigas, porque todo el tiempo estaba ensayando. Hay un documental maravilloso que se puede ver en YouTube donde una vecina cuenta que se asomaban y veían que el padre la regañaba, y que ella bajaba la mirada para sólo decir “Sí papá, lo voy a hacer mejor”. Entonces quien viaja a Tijuana es esta niña con cuerpo de mujer, sometida a la voluntad y a la violencia sexual-psicológica de este padre, y a mí me impresionó mucho descubrir que esa mujer impresionantemente sensual que fue Rita Hayworth en los años 40, cuando se volvió la diosa del amor –como la llamaban en Estados Unidos–, la diosa de fuego, la mujer que era la reencarnación de la sensualidad “latina” para el cine de Hollywood, ocultaba detrás de esa vida de glamur, fama, dinero, de maridos que iban y venían; un inmenso dolor, un quiebre brutal y una tristeza impresionante.

Así llegó Rita Hayworth a la novela, y cuando llegó ella, además que se me volvió una obsesión, pensé que Rita tenía que ser el símbolo y al mismo tiempo el pretexto de todas estas historias de mujeres  que yo quería contar. Se volvió el núcleo de la novela y alrededor de Rita se tejen las otras historias. El personaje tiene una fuerza arrasadora, que es la mima fuerza con la que llegó a mi vida, tan fuerte que yo no podía dejar de escribir esos monólogos de Rita, me sentaba y salían solos.

Me interesa que para hablar de Rita Hayworth no caes en hablar de la Rita del glamur, sino el antes y el después del símbolo de Hollywood.

Yo recupero a Rita en dos momentos de su vida, primero la niña y adolescente, que coincide en Tijuana con otra de las protagonistas, que es Annete y es absolutamente de ficción como toda esa historia, pero que recupera muchas de esas historias que yo leí de mujeres de esa época. Luego vuelvo a encontrar a Rita al final de su vida de estrella, no es el final de su vida real, pero sí el final de su carrera. ¿Por qué? Porque Rita con poco más de 50 años empezó a tener problemas de memoria –dejaron de llamarla a filmar porque se le olvidaba el guion—y empezó a tener problemas de relación con la realidad, y lo adjudicaban a su alcoholismo. Lo que ella tenía eran comienzos de alzhéimer, pero en un época en que realmente no se diagnosticaba y un demente, que era su amigo en Hollywood, le dijo –y esto que digo aunque es lo que más suena a ficción en la novela, es una de las cosas más reales que hay— “hay un lugar donde el aire frío y el viento del mar te van a ayudar a frenar los síntomas de tu enfermedad, ese lugar es Puerto Madryn en la Patagonia Argentina”. La idea era que los lectores pueden pensar “si a Rita Hayworth le pasaba eso, lo que a mí me pasa o lo que veo junto a mí no es tan raro, y sé que puede suceder”, y a lo mejor es momento de dejar de silenciar las historias y que quienes pueden contarlas las cuenten.

En tu novela anterior el personaje principal (Leo de Fuga en mí menor) está en la búsqueda de una memoria que no tiene, aquí hay personajes como Annete o Rita que preferirían no tener esa memoria, o poder olvidar el horror que han vivido…

Yo al contrario, pensaría que el personaje de Annete se empodera a partir de esa historia de horror porque piensa que hay algo que ella puede transformar a través de su propia acción. Si bien esa memoria le duele, ella –no te olvides que tiene un mandato materno—que es “somos las guardianas de la memoria”. No puede escapar de ese mandato, porque además no hay forma de escapar de la memoria. Podemos intentar acallarla, silenciarla, en lo individual y en lo social. Podemos decir “Borrón y cuenta nueva, aquí no pasó nada, Ayotzinapa ya pasó”, pero no, no es así. La memoria es parte constitutiva de lo que somos, la memoria es lo que nos da identidad. Por mucho que alguien quiera borrar o deshacerse de su memoria, la memoria puede no aparecer “constantemente”, pero va a aparecer en el cuerpo, en las acciones, deseos y miedos. Eso es lo que le pasa a Annete, y al darse cuenta de esto, decide tomar esta memoria y actuar en función de esa memoria. Esa memoria que le permite crear redes de solidaridad con otros personajes como Verny Cansino, que aunque es alguien que sí existió, lo que cuento de él es una absoluta ficción, y es una ficción que le rinde un homenaje muy sutil a Metinides. Es un personaje que me gusta mucho porque ese deseo por la sangre desde un lugar casi ingenuo… él fotografía la sangre y el horror desde un lugar casi de inocencia, y si tú hablas con Metinides es un poco así. Ese personaje permite que la memoria de Anette esté presente todo el tiempo.

Ahora me gustaría regresar un poco a los monólogos de Maggie, y digo Maggie y no Rita porque la novela a mi parecer no es tanto sobre la Hayworth de Hollywood, sino sobre la niña y mujer maltratada que fue Maggie. Los monólogos son sumamente poéticos.

A mí me interesa sobre todo en la literatura que leo como en la que escribo, el trabajo sobre el lenguaje. Me parece que el verdadero núcleo del trabajo literario está en el lenguaje. Aquello que permite explorar diferentes mundos, diferentes sensibilidades, diferentes posibilidades, está en las palabras. En este sentido no soy muy afecta a etiquetar los lenguajes. A veces corresponde, por lo que estoy contando, un lenguaje más narrativo, en otros momentos corresponde un lenguaje más cercano a la poesía, más metafórico, más simbólico, más libre. Los monólogos de Maggie en ese, quizás último destello de semilucidez, me permitían justamente jugar con este lenguaje más vinculado a lo poético, que es un lenguaje en el que yo me siento muy cómoda, porque siento que mi voz fluye y que puedo construir un ritmo literario que me interesa. El tema del ritmo es un tema muy importante para mí, a mí me gusta ir leyendo lo que escribo en voz alta, me tiene que sonar bien cuando lo leo, tiene que ser un ritmo según lo que estoy contando, pero en general tiene que ser un ritmo envolvente que atrape la lectura, que sea cadencioso y que te esté dando mucho sin que tú puedas decir exactamente qué te está pasando como lector.

La verdad es que me dejé ir en esos monólogos. Jugué un poco con la posibilidad de la poesía, con ese trasfondo que tiene y que es el origen del lenguaje.  Es casi inidentificable, es un magma del lenguaje en donde te dejas hundir, sumergir y de ahí sales renovada. Ese fue un poco el juego con los monólogos de Maggie, que disfruté mucho escribir y que siento que terminan dándole un eje a la novela que casi casi surgió solo.

Por Ezra Alcázar.

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