En la cornisa de lo fantástico y lo real, entrevista con Samanta Schweblin

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Ganador del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, Siete casas vacías (Páginas de Espuma, 2015) es el nuevo libro de la escritora argentina Samanta Schweblin quien se ha ganado un importante lugar en la literatura contemporánea con libros como Pájaros en la boca (Almadía, 2009) y la novela corta Distancia de rescate (Almadía, 2014).

El libro está conformado por siete relatos de la vida cotidiana de la locura, donde lo más extraño es que alguien quiera cometer alguna buena acción, exponiendo así nuestro miedos y prejuicios más enraizados. Son, las atmósferas densas y personales las que nos ingresan en las casas vacías de Schweblin para entender que nosotros podríamos ser un personaje más en sus historias.

Entre tu anterior libro de relatos, Pájaros en la boca (Almadía, 2009), y este nuevo libro de cuentos Siete casas vacías, publicaste una novela. ¿Qué te ofrece el género del cuento que te hace volver? ¿Dónde te sientes más cómoda?

Mi producción hasta ahora diría que me interesa más el cuento, pero la realidad es que desde lo que yo siento cuando cuento una historia, me cuesta mucho discernir entre un género y el otro, yo respondo al material. A mí me importa lo que la historia está pidiendo y qué necesito para contar esa historia, si necesito 120 páginas más de lo que estoy acostumbrada, me parece algo anecdótico. Lo que busco cuando escribo un cuento largo o uno corto es exactamente lo mismo, las reglas son las mismas, el mundo creo que es muy parecido también. No encuentro mucho la diferencia entre un género y otro. Claro, puedo decir eso porque cuando publiqué una novela, la novela que publiqué es una novela breve, supongo que si escribiera novelas de 300 páginas el aliento sería muy distinto. Pero bueno, es evidente que el género del relato es algo que me interesa mucho incluso como lectora, leo muchos más relatos que novelas.

Haciendo un salto entre tus dos últimos libros de relatos, Pájaros en la boca tiene un aire un poco más fantástico, y Siete casas vacías, aunque nos cuenta cosas extraordinarias, son cosas que sí podrían suceder en nuestra realidad.

Siempre me interesó lo extraño, incluso en Pájaros en la boca que es un libro mucho más fantástico como decías vos, salvo uno o dos cuentos que hacen la excepción, la mayoría de los cuentos son cuentos en donde lo fantástico en realidad está sucediendo en la cabeza del lector. El texto de por sí es realista, es todo factible de suceder; lo fantástico es casi una perversión o una idea equivocada del lector, me desentiendo un poco de eso. A mí me interesa mucho la cornisa entre esos dos mundos, ni uno ni otro; esa línea oscura en la que uno no puede ver dónde se tocan esos dos mundos. Creo que poco a poco en todos mis libros me fui acercando cada vez más, se fue acotando cada vez más esa cornisa, se fue achicando. Creo que Siete casas vacías es un libro que tiene más que ver conmigo, con mi realidad y mis preocupaciones, con mis miedos. Entonces claro, se vuelve un libro más cercano donde lo extraño necesita ser mucho más verosímil, o estar mucho más cerca de lo normal; pero también creo que Siete casas vacías hace un juego a la inversa de los libros anteriores, creo que los libros anteriores eran libros que se asomaban constantemente a lo fantástico, y mi intento con Siente casas vacías fue plantear la realidad como un mundo de lo extraño, –porque tarde o temprano tenemos que aceptar que el mundo es mucho más extraño de lo que creemos y que nosotros somos mucho más extraños de lo que nos gusta aceptar, y que todos estamos un poquito más locos de lo que nos gusta aceptar—y desde ese mundo de lo extraño asomarte a lo “normal”. Desde ese lugar, lo normal pasa a ser el lugar de la ficción, la normalidad es un invento, un acuerdo social que dice “desde mi locura a tu locura, hay un punto en común que es la normalidad”, ese punto en común no existe porque no hay nadie ahí, sólo hay una etiqueta. La invención en este libro es la normalidad: ver lo normal como lo extraño.

Para ti, ¿dónde queda el límite entre lo real y lo fantástico? ¿cómo introduces eso en tus libros?

Con Distancia de rescate, el libro anterior, me pasó algo curioso, y es que habla de los problemas de los agroquímicos en el campo, que es un problema que no sólo es argentino, sino que también es mexicano. La gente que no estaba informada al respecto creía que los abortos espontáneos, las muertes súbitas, los centenares de niños con malformaciones en una sola población, eran un invento mío para hacer la situación un poco más fantástica, cuando en realidad es lo que está pasando en los campos latinoamericanos, es un horror y es lo que está pasando ahora. Por eso este afán de la literatura de acercarse a la oscuridad porque creo que cuando uno se acerca a esos monstruos y le ve de verdad la cara y los entiende, dejan de pertenecer al mundo de lo extraño y pasa a ser una realidad, ese es el ejercicio literario.

Ya me contaste que la historia define el género que vas a escribir, pero dime ¿cómo llega esa historia?

Se me ocurren de muchas maneras, a veces es difícil estandarizar ese proceso, pero una cosa que me pasa es que tengo una sensación, una sensación particular, muy específica. Como una angustia en particular, algo que es abstracto y que me duele en el cuerpo. Toda la arquitectura del cuento, el argumento, los personajes; todo termina siendo una excusa para sacarme eso de encima y ponérselo al lector, por eso tengo siempre muy claro el final, aunque no tenga claro el argumento, hay una sensación de final que para mí siempre es muy clara. Las imágenes a veces son disparadoras, algo que alguien dice, algo que me pasó en la infancia… dispara un argumento que me permite hacer esa transferencia. Para mí es importante tener muy claro qué es lo que quiero contar antes de sentarme a escribir, porque si no empiezo a bifurcar, pierdo tiempo, me confundo a mí misma sobre lo que quiero contar. Me parece que mientras más claro tengo ese punto final, más directo voy. Para mí la dirección es muy importante en un texto, porque tiene que ver mucho con la tensión, con la contundencia, con el respeto por el lector – uno nunca tiene que tener la sensación de que le están haciendo perder el tiempo cuando lee—, yo le tengo mucho miedo a esa sensación del lector.

¿Podría ser que por eso te da por escribir cuentos y novelas breves?

Puede ser, la ansiedad al cuentista.

¿Corriges mucho?

Corrijo muchísimo, tanto que ya se ha vuelto parte de la escritura. Es decir, la corrección y la reescritura no es un recorte de lo que ya está, sino que es todo lo contrario, es una ampliación de lo que ya está. Cuando yo empecé a escribir, cuando no tenía tanta experiencia, yo me sentaba a escribir y un texto de 10 páginas malísimas se convertía en un texto de cinco páginas aceptables; y hoy el movimiento es exactamente a la inversa, de cinco páginas malísimas se convierte en 15 aceptables. Al principio un escribe tan despistado de cuáles son de verdad las normas de la escritura, que recortar lo que sobra y lo que no se entiende y lo que es redundante, es un buen ejercicio cuando uno empieza, pero después eso se puede volver en tu contra. Llega un momento en el que de verdad tenés que dominar lo que querés decir, cómo lo querés decir, y el texto tiene que crecer en ese sentido, no achicarse.

Me gustaría profundizar en lo que dijiste sobre tener bien clara la historia que quiere contar, porque hay escritores que dicen que a veces la historia les gana y se les escapa de las manos.

Es un doble juego, el secreto está en las dos partes. Cuando los chinos hacen estos dibujos tradicionales, con su tinta clásica, ellos dicen que lo más difícil es antes de mover la pluma, porque la pluma tiene que tener un movimiento continuo, una vez que el pincel toca el papel ya no se puede detener hasta que está acabado el dibujo; por lo tanto, antes de tocar el papel vos tenés que saber exactamente todas las formas del dibujo, si no, no podés hacer el dibujo. Yo creo que eso es importante, pero también me parece que puede ser un problema resistirse al cuento que uno está contando por atarse al cuento que uno quería contar. Esto siempre tiene que ver con que en algún momento de ese proceso – algunos autores lo hacen al principio, otros lo hacen al final, otros en el medio—uno tiene que tener claro qué es lo que quiere contar. En el momento en el que vos de verdad ves el cuento que querés contar, ves todo lo que sobra, ves todo lo que no funciona, ves todo lo que confunde; ves el cuento con mucha claridad, pero hay que descubrir la historia que de verdad querés contar. El juego está en las dos partes, hay que tener cierta elasticidad, hay que dejar que la idea original trabaje sólo como una influencia, pero hay un punto en que uno tiene que decidir de verdad qué es lo que quiere contar, y tiene que lograr que todo lo que es parte del cuento esté supeditado a eso.

¿Cómo construiste Siete casas vacías?

Para mí cada cuento es un universo independiente que tiene que defenderse solo y así los escribo, yo escribo cuento a cuento, no tengo en la cabeza un libro cuando empiezo a escribir, pero lo que me pasa es que pasada una cantidad de cuentos, cuando los pongo sobre la mesa a modo de cartas y los analizo, –siempre me ha pasado que en determinados momentos evidentemente tengo la mirada puesta en determinados problemas o en determinadas angustias mías personales—con Siete casas vacías me di cuenta que de siete cuentos había cinco que estaban hablando exactamente de lo mismo, hasta tal punto que en todos había problemas con los hijos, en todos había desnudez – no la desnudez de lo erótico, sino la desnudez de la exposición–, en todos había ropa tirada, todos sucedían alrededor de las casas, todos tenían estas situaciones que lindaban un poco con la locura; era muy notable que lo que estaba haciendo era escribir un libro en particular, abordando un mismo tema desde distintos ángulos. Uno no escribe un libro de cuentos sumando los cuentos que ha escrito hasta ahora, uno lo que hace es armar un mundo.

Entre los temas que tratas en Siete casas vacías uno que me interesa en especial es esta aparente desconfianza con la que miramos todo y a todos. Es algo que observo mucho en “Mis padres y mis hijos” y “Un hombre sin suerte”

En los dos cuentos jugué mucho con la perversión del lector. Son cuentos que sin la perversión del lector—y mi propia perversión, si no, no lo podría haber construido–, no funcionarían, serían cuentos aburridos en los que no pasa nada. Todo el mal, toda la oscuridad está en la cabeza del lector, no está en el texto. Tiene que ver mucho con lo que estás diciendo, este prejuicio y calificación contante que tenemos hacia todo, y esta cosa cada vez más contemporánea de pensar siempre lo peor. En primera instancia todos son presuntos ladrones, violadores, estafadores… y después vemos lo contrario ¿no? pero nunca es al revés. Muchas veces algunos lectores me preguntan “Bueno, pero ¿era o no era un mal tipo. De verdad, vos lo sabés porque vos lo escribiste. ¿Le iba hacer daño o no le iba a hacer daño?” Yo creo que no, en mi escritura aposté siempre a que no, y no me lo creen, cuando lo digo no les convence, no les parece verosímil. No estoy criticando para nada la lectura de ellos, cuento con esa lectura, pero qué cosas tan feas dice esto de nuestra sociedad.

¿Sientes que tu voz ha cambiado en los últimos libros, los temas que te interesan y la forma en la que los escribes?

Sí y no, me parece que siento más libertad que antes, porque siento que la técnica me permite hacer movimientos mucho más osados que antes, y que soy más consciente de qué es lo que estoy haciendo. Creo que el mundo sigue siendo el mismo, un poco más en la orilla de lo fantástico, un poco más en la orilla de lo real, pero el mundo es el mismo y siento que me sigo haciendo las mismas preguntas.

¿Qué proyecto tienes en el tintero?

Ahora estoy escribiendo un relato largo, pero como te digo, respondo al material y no siempre al empezar soy del todo consciente de qué longitud va a tener, me cuesta darme cuenta. Pero igual estoy en una situación rara, en un mismo año publiqué una novela y un libro de cuentos, y es todo el material que tenía, siento que tengo los cajones vacíos; por un lado es una situación un poco desesperante porque abro todos los cajones y no encuentro nada, pero por otro lado es un momento de gran libertad porque siento que puedo dar pasos a los costados muy interesantes.

Por Ezra Alcázar.

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