Alberto Chimal entre los monstruos reales de Los atacantes

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Por Ezra Alcázar

Alberto Chimal es uno de los escritores jóvenes mexicanos más reconocidos, en 2012 fue finalista del Premio Rómulo Gallegos (uno de los más importantes en lengua española) con La torre y el jardín. Entre las actividades que realiza además de la escritura, destaca su trabajo como profesor de literatura y escritura creativa, promoción de la literatura fantástica y de la escritura por medios digitales.

En Los atacantes, Chimal crea siete mundos distintos y extraordinarios, fantásticos pero completamente posibles en nuestra cotidianeidad. Los relatos asustan porque así los escribió Chimal, pero lo que más espanta es que los monstruos que construye existen en esta realidad que conocemos.

¿Es literatura fantástica cuando hay horror? o ¿el horror necesita de literatura fantástica?

Yo creo que son como dos conjuntos separados pero que se tocan en cierto punto, se superponen, como un diagrama de Venn. Hay cierta porción donde puedes tener las dos cosas a la vez, lo que a veces se llama “horror sobre natural”, así lo llamaba Lovecraft. Puedes tener horror sin lo sobre natural, y puedes tener lo sobre natural sin el horror. pero cuando se tocan ocurren cosas como estas. Es una cuestión, creo yo sobre todo, que incluso aunque muchas veces se le quiere tener como una especie de género, en realidad no es exactamente así, porque es tan variado y tan diferente lo que se puede hacer dentro de ese conjunto que difícilmente lo puedes encuadrar dentro de un género, entendido en el sentido tradicional, es decir, conjunto homogéneo de textos más o menos con el mismo tipo de tramas, mismo tipo de personajes. No puedes comparar, por decir algo, La llamada de Cthulhlu de Lovecraft, con “La fiesta brava” de José Emilio Pacheco; y sin embargo con los dos se junta esto, es un territorio bien amplio.

¿Y cómo decides entrarle de lleno al horror por parte de las nuevas tecnologías?

Mira, por raro que pueda sonar, me vino muy naturalmente porque es lo que estamos viviendo. Por mucho que uno escriba cosas raras y estrambóticas, uno escribe desde cierto lugar en el espacio (en un país, en una ciudad, en un entorno cotidiano), y lo que uno hace necesariamente tiene influencia de ese entorno. Y en este caso, bueno, los cuentos los fui escribiendo separadamente, no pensaba en hacer un libro. Pero en algún momento noté un interés, una orientación específica. Pensé que podría ser interesante hacer una colección consistente con ellos. Ya la última parte del proceso, fue reunir lo que ya tenía y escribí un par de textos, ya sabiendo que iban a formar parte de un libro. Hubo un momento en que me pregunté “¿Por qué están saliendo así los textos?” Están saliendo así porque están siendo producidos en este momento de la historia, en esta época en la cual de alguna manera ocurren cosas análogas a las que ocurren en los textos, y hay esta sensación como de incertidumbre, de inquietud, de amenaza, y no sólo por la tecnología sino por quienes la controlan, por estos poderes fácticos enormes e indescifrables que de pronto se nos vienen encima. Esta es una época de mucho desvalimiento para los individuos, y pues algo de eso tenía que pasar acá.

Hay cuentos que me parecen que pueden espantar aún más porque son cosas que en realidad suceden, los monstruos reales. ¿Cómo te aventuras a meter estas cosas que en verdad son inimaginables de la realidad?

Se dice que la realidad supera la ficción porque hay cosas que no se pueden imaginar, pero yo creo que es el modo incorrecto de enfocar la cuestión. En realidad la razón por la cual se crea esta apariencia de sorpresa, de singularidad de las historias, es porque existen. Son las que le dan cuerpo, coherencia y sentido a lo que pasa a nuestro alrededor. Para eso nos sirven, entonces creo que un proyecto como este y muchos otros puede balancear ambas cosas, puede largarse a fantasear lejísimos y al mismo tiempo ligar ese fantaseo con referencias muy cercanas que no las podríamos percibir del todo si no existiera una historia que les diera cuerpo.

¿Qué marca determina la realidad, lo que vivimos o lo que estamos leyendo y el punto de comparación?

Yo creo que en esta época es muchísimo más notorio que en otras la diferencia con lo que tú acabas de decir. Porque la percepción de la realidad para nosotros en este mundo sobresaturado de información es una percepción casi siempre media, casi siempre sesgada por la intención, inclinación que nos sirve de contacto con la realidad. Pienso en un ejemplo muy absurdo, pero no imposible: una persona podría no leer otra cosa que notas del Deforma y creería estar viviendo en un mundo muy distinto del que viven los demás. ¿Por qué? Porque lo que cambia es esa subjetividad de la percepción, que siempre existe, porque no podemos vivirlo todo ni verlo todo. Siempre necesitamos de algún tipo de mediación para enterarnos de las cosas. Pero como en esta época hay tantos medios, y además son medios tan independientes entre sí, tan desligados unos de otros, lo que podría haber sido una percepción generalizad de “ciertos aspectos de seguridad”, se desintegra. Y lo que tenemos son muchísimas percepciones diferentes entre sí, formadas por una serie de lecturas muy variada y muy caóticas de diferentes fuentes. A las cuales uno agrega lo que uno puede llegar a percibir directamente pero que igual acaba resultando mediado por las ideas preconcebidas que nos creamos desde antes. Creo que ese es un fenómeno bastante nuevo en la existencia humana y que se manifiesta en un montón de cosas, trivialmente lo comentaba yo hace tiempo con alguna amistad. Había cierta época en la cual los nombres de los niños y niñas, venían como de cierta serie, programa, telenovela que era popular. Cuando estaba de moda Talía las niñas se llamaban Marimar. Ahora eso ya no sucede así. Ya no hay, al parecer, como tanta frecuencia de nombres muy mediáticos. ¿Por qué? Porque la gente ya no ve las mismas series al mismo tiempo. Porque ahora hay, en lugar de que todo el mundo entre comillas se junte a una sola hora del día a ver lo mismo. Ahora la gente empieza a ver cosas muy variadas, a diferentes horas, en diferentes ritmos, y entonces ya no hay esta especie de unanimidad impuesta por los grandes medios. Entonces ahí cambia, incluso en eso que es tan trivial se ve este cambio que hay ahora en el cual hay esta desintegración o multiplicación de las diferentes percepciones subjetivas.

¿Cómo crees que pueden ser leídos estos relatos dentro de unos veinte años que las cosas sean diferentes?

Pues quién sabe. Yo creo que algunas cosas necesitarán nota de pie, o tendrán su fecha de caducidad algún día. Por increíble que pudiera parecer ahora, ya nadie sabrá qué es Facebook, porque eso ocurre, hace diez años todavía era importante una red como MySpace, pero ahora ya no tiene ninguna relevancia, es inevitable. Uno puede tratar de escribir textos que sean muy atemporales, pero el riesgo que también uno puede aceptar, es que se distancien de la experiencia inmediata de sus posibles lectores. Yo o cualquier otra persona que escriba tiene que ser consciente de qué tan cerca o lejos va a estar de la contemporaneidad. Y este proyecto por su mismo origen tenía que estar como muy cercano. Tengo otros que son como más desligados del entorno mediado, pero este tenía que ser así.

En los relatos que escribiste, ¿investigaste sobre si cosas así habían sucedido o salieron de que tú supieras algo, una nota o algo así?

No necesariamente investigación pensada para el trabajo, pero cosas que me han interesado a lo largo de cierto tiempo sí aparecen ahí, por supuesto. En algunos cuentos como el de Connie Mulligan, del funcionario que empiezan a acosar, varias de las cartas están inspiradas en cartas que yo recibí. En algún momento en la década pasada, alguien por alguna razón que desconozco le dio por escribirme y enviarme cosas muy delirantes y muy extrañas, que no repito, no estoy reproduciendo nada literalmente ni estoy mencionando nombre, pero sí están inspiradas como en este delirio de esta persona desconocida.

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