Articulo especial Literatura – Otro festival de poesía joven en el que no leí

Por: Pedro C. Catorce

En el panorama de la literatura joven —aquella que hacen los escritores menores de 35 años— existe un sinfín de estrategias para difundir, principalmente, a la poesía: slam’s de poesía, micrófonos abiertos, concursos, y demás eventos. Todos parecidos entre ellos. Pero hubo uno que me cambió la vida.

Por lo general, a este tipo de eventos no suelo recibir invitación alguna en Facebook; siempre me entero porque en mi timeline aparece la noticia de que uno de mis contactos asistirá. Y hoy, este contacto, es parte de la cartelera de poetas que deleitarán a los asistentes con sus magníficos versos vanguardista y alternativos. Por eso, esta nueva promesa por puro acto protocolario decidió ponerle asistiré a la invitación.

Dentro de la descripción del evento no estaba su semblanza, ni tampoco la de los demás soberbios creadores; quizá la popularidad de cada uno bastaba y no era necesario hacerlas, así que sólo imaginé una que le quedara a todos:
Novel poeta con amplia y fresca carrera literaria; con varios libros publicados en editoriales muy independientes y cartoneras; primeros lugares en slam’s de poesía. Recibe al menos 100 likes en cada publicación de Facebook.
Fue una fortuna haber visto este evento. No tenía idea de que habría otro festival de poesía joven, y experimental, y underground, y salvaje y diferente. Siempre he creído que esa clase de eventos se realizan para que las nuevas luminarias de la poesía, lean su consolidada obra a otras luminarias, y estos últimos aplaudan para beneplácito de los primeros —pareciera que sólo entre ellos se aplauden—.

En la información del evento no había semblanzas de los poetas, pero sí los nombres de las bandas de rock —de estilo ramonesco—, los nombres de los siempre necesarios performances y el anuncio de la venta de libros por parte de editoriales independientes, pues sin estos elementos, ¿qué es un festival de poesía joven? Pero lo que más me entusiasmó fue ver, en mayúsculas, el anuncio de la venta de cerveza y de mezcal, o sea que la poesía era mero pretexto para la fiesta, como casi siempre.

Decidí ir solo, esperando ver algún rostro conocido en ese lugar, beber con él y agarrar la fiesta. O quizá, por fin, conocería a algún maduro y experimentado escritor nacido en la década de los noventas, nos haríamos amigos entrañables al momento y entraría a ese pequeño y exclusivo círculo que la poesía millennial ha creado.

Así que cuando llegué, en efecto, vi que la cartelera cumplía todo lo prometido. Todo. Aunque la cerveza y el mezcal, que no podían faltar en un evento como éste, a precios exorbitantes: ¡un vaso de cerveza en 50 pesos! Y el caballito de mezcal… por él mejor no pregunté. Me sentía en algún bar hipster de La Condesa cuando en realidad estaba en una colonia de Azcapotzalco.

Pero no sólo me sorprendieron los precios, también lo hice cuando vi desfilar por el lugar a todos esos talentosos y reconocidos escritores menores de treinta años: ahí estaban las promesa de la poesía norteña; a los del FONCA; a los de la FLM; a los que no salen de los congresos de literatura; los poetas anarquistas que harán la revolución y finalmente a los desempleados que organizan encuentros de escritores. Alguien debió guardar registro de todo este talento reunido en un sólo lugar.

No me acerqué a saludarlos, estaban en modalidad de divas —era su momento— con cerveza en una mano, y en la otra un cigarro; lentes oscuros y libros bajo el brazo. Ellas, de vestido enseñando piernón loco. Así que era inútil siquiera tratar.

Ahí, la única persona que me reconoció fue la dueña del lugar, a quien saludé efusivamente, porque me dio gusto ver una cara a quien podía acercarme con naturalidad, pero ella andaba en chinga, viendo acá, viendo allá, vendiendo la cerveza. Ni tiempo tuvo para recibir mis reclamos por los precios.

Así que me recargué en una pared, sostuve con fuerza mi vaso de cerveza —no se me fuera a caer— y me concentré para escuchar los prodigiosos poemas que sólo un ser superior podría escribir. Y escuché varios, sin embargo, mi pobre entendimiento no entendió nada, y eso me preocupó pues todos estaban extasiados, aplaudían, suspiraban, gritaban “¡qué grande eres, maestro!”. Así que decidí correr el riesgo y le pregunté al tipo que estaba a mi lado lo que quiso decir el último poema, lo que significaba, me miró con sus ojos de pacheco y me dijo: lo significa todo.

Terminó la ronda, la banda empezó a tocar, me aburrí y salí a la calle en busca de algo más interesante que hacer, como irme a mi casa, por ejemplo. Me di cuenta de que no encajaba, y que para encajar, debería dejar de escribir crónica, de hacer esas cosas que a nadie le interesan, y escribir lo que da estatus dentro de la élite cultural: poesía.

 

Mientras reflexionaba sobre el rumbo que la literatura mexicana tomaba con los poetas jóvenes que se encontraban allí, un tipo recargado sobre un poste me hace unas señas raras que no entendí, evidentemente estaba muy borracho, hasta en el instante en que habló supe que quería que le regalara un cigarro, luego empezamos a charlar. Me ofreció de su alcohol, dijo que era ron, que era licor muy fino y viejo. Vi que era una botella de Bacardí y en efecto, sólo era Bacardí.

Hablé largo rato con él, me dijo que era poeta, que iba a leer y que tenía tan sólo 21 años. Me dio todas sus cartas de recomendación y currículum. También habló de sus borrachearas, de drogas, de como utilizaba su facha de escritor para acostarse con mujeres, de sus premios y del reconocimiento y admiración por parte de sus colegas escritores; recibí cátedra de cómo ser un gran escritor —ahí supe que se trataba de apariencias y no de talento—. También dijo que era suicida. Lo primero que pensé fue que seguramente escribía imitando a Bukowski. Sólo una corazonada. Lo llamaron, era turno de la ronda poética a la que él pertenecía. Regresé sólo para escuchar sus poemas.

Y empezó la ronda: el poeta que es músico; el que rapea; el que hace performance; el que pide silencio para leer; el de los bochornos que se quita la ropa —cuando la poesía no alcanza, se recurren a estos artificios— y luego él: Bukowski junior.

Saludó al público, sacó un sobre tamaño carta y de allí varias hojas. Empezó a recitar su bien desarrollado trabajo poético, y cada hoja que terminaba de leer, la dejaba caer al suelo. Yo no sé mucho de poesía, pero lo que oí de él me pareció lo mismo que había escuchado del poeta anterior, y del anterior, y del anterior; sólo que ese chistecito de soltar las hojas, como si no nada importara, le daban un aire distinto, parecía verdadero artista.

Terminó de leer, le aplaudieron y yo por fin aplaudí. Empezó a recoger sus poemas con la misma gracia como quien recoge las heces de su perro. El que aparentó ser más artista, fue quien en realidad menos lo fue. Me habría gustado verlo dejar ahí sus hojas y que los demás declamadores las pisaran, sin embargo, su gran ego de poeta no dejaría que otros mancillaran su trabajo. Le dije que me gustó su presentación, que me pasara su Facebook y que estuviéramos en contacto. Seguro él sería mi pase de entrada al mundo de la poesía joven y sus fiestas alocadas. Me despedí de él, y me fui.

Ya en la salida, me encontré a la dueña del lugar, mi amiga. Me despedí también de ella; le dije que vivía muy lejos, que en sábado el transporte deja de pasar muy temprano. A pesar del excelente ambiente que había, de que todos tomaban y bailaban, de que la poesía dejó de estorbar para la fiesta, me tenía que ir. Me besó en la mejilla y dijo que para el siguiente evento me agregarían al programa.

Ahí volví a darme cuenta de lo fácil que es convertirse en poeta, que el talento no es necesario una vez que tu nombre sale en un cartel de poetas jóvenes, ¿pero en qué clase me convertiría yo? ¿En el inconformista? No lo sé, pero ya no estaba tan convencido de pertenecer a ese círculo de poesía, así que le reclamé que yo no era ningún poeta. Ella sólo sentenció: pues lo serás.

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