#ArticuloEspecial Renovarse o ser “un festival más”, ¿hacia dónde va el Vive Latino?

Por Julián Woodside

Hablar de festivales siempre genera tensión. Ninguno satisface a todos, y el Vive Latino no es la excepción. Sin embargo, a 19 años de su primera edición valdría la pena preguntar si es que empieza a mostrar indicios de desgaste.

El Vive Latino ha demostrado ser rentable para OCESA y atractivo para un vasto público. En sus inicios logró capitalizar un nicho poco atendido en cuanto a conciertos de gran escala, a pesar de haber mucho público y propuestas. Representó un espacio donde se podían presentar bandas que tenían presencia en medios, pero con pocas opciones para presentarse, pues muchos foros les quedaban pequeños, no había espacios medianos, y la falta de circuitos limitaba el que pudieran generar público para foros más grandes.

Hablar de este festival hoy es mucho más complejo. Si bien sigue siendo un negocio, también es una tradición; un espacio de socialización que permite escuchar a varios de nuestros artistas favoritos y también descubrir nuevas propuestas. Ha sido tal su impacto que no se puede hablar de una identidad musical “alternativa” en este país (e incluso Latinoamérica) sin mencionarlo. Pero habría que recordar que un festival de música, sea cual sea su argumento, es ante todo un espectáculo que ofrece una experiencia, dando libertad para que cada asistente la construya a su medida.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. Además de las críticas clasistas que recibe año con año (sobre todo de medios y periodistas arribistas), ha tenido fallas en cuanto a logística, comunicación e incluso análisis de su mercado. Esto se percibe con las discusiones alrededor de la selección de lo actos estelares, mostrando renuencia de apostar –salvo contadas excepciones– por artistas estelares emergentes. Esto, cabe aclarar, es ajeno al hecho de que se repitan o no varios nombres, práctica común en cualquier festival de este calibre. Pero el que los nombres estelares “nuevos” sean de artistas “no latinos” ha vulnerado poco a poco su imagen o “marca”, sobre todo porque la curaduría se percibe –sin importar que lo sea realmente o no–, como reactiva y conservadora.

No, el festival no ha perdido su ideal “latino” (y de hecho sigue siendo el principal referente de lo que ocurre con respecto a la música popular alternativa en Latinoamérica). Pero transmite la idea de que se rindió y reconoce que no hay artistas latinos de alto nivel. Esto obviamente es falso, e insisto, depende de muchas cosas que van más allá de la curaduría de un cartel y que tienen que ver con vicios de la industria musical en el continente. Sí, los festivales evolucionan, y algunos dirán que es más exitoso que antes, pero en el proceso empieza a sacrificar la marca que tardó tantos años en construir.

Surge entonces la pregunta: ¿está perdiendo fuerza el Vive Latino? Para muchos las ediciones entre el 2011 y el 2013 marcaron el fin de una era y un momento de renovación. Sin embargo, en últimas fechas no es raro escuchar que festivales como Pa’l Norte y Machaca le están comiendo el mandado. A pesar de que se presentan actos bastante interesantes se percibe desgastado, tibio. ¿Será que el problema radica en la comunicación? ¿Realmente ha dejado de ofrecer una experiencia atractiva? Sin importar la razón, hoy día tiene dos opciones: reforzar una identidad diferenciadora o volverse “un festival más” que depende de headliners internacionales, a pesar de que el cartel, año con año, valga la pena.

Mucho ni siquiera depende del festival

Buena parte de los problemas que hay en la industria musical en México trascienden lo que puede generar un festival como el Vive Latino. Recordemos que antes de que siquiera se pudiera hablar de una industria propiamente dicha, la figura del festival musical ya estaba consolidada tanto en México como en el resto del mundo. Sin embargo, es innegable que desde mediados del siglo XX se ha explotado este modelo, viviendo un auge todavía mayor durante la última década. Algunos llaman a esto “festivalitis”, como si fuera algo negativo, pero es simplemente una forma de comercialización, promoción y gestión musical como muchas otras, la cual, por cierto, deja ver que hoy se consume y se disfruta de más música que en toda la historia.

Los festivales sirven como termómetro de tendencias en el gusto de la gente y de la trayectoria de un artista, además de generar espacios intermedios para músicos en ascenso, al compartir público con otros más consolidados. Pero México vive una realidad muy particular. Si bien sobran festivales (de metal, jazz, progresivo, electrónica, pop, noise, hip hop, etcétera), estos no logran compensar varios problemas dentro de la industria local: un marcado centralismo, un colonialismo mediático, un fuerte resentimiento social a partir de los gustos musicales y una falta de documentación y seguimiento por parte de la prensa especializada. Esto ocasiona que no haya circuitos, por lo que un festival no representa un verdadero termómetro de la industria, sino que es más bien un espacio para identificar la capacidad de gestión de algunos managers, así como de reforzar redes de compadrazgo.

Hay festivales masivos, de nicho, temáticos, itinerantes y de autopromoción. A grandes rasgos se pueden dividir en dos tipos: aquellos que se construyen a partir de los artistas estelares que presentan, dependiendo muchas veces de modas y tendencias musicales; y aquellos que se construyen a partir de la experiencia que ofrecen y de la lógica detrás de su curaduría: una temática, una ideología, una necesidad. Y si bien el primer tipo de festival es atractivo para los promotores por ser rentable, lo es sacrificando una marca, volviéndose efímero y desechable. En este sentido, el Vive Latino empezó bajo el segundo modelo, pero recientemente se empieza a ubicar muy cerca del primero.

La curaduría de un festival depende de muchos factores. Está el tema de los circuitos y flujos comerciales internacionales (por eso muchos festivales comparten artistas, ya que les permite reducir costos y sumarse a tendencias). Pero también están las rivalidades con festivales locales, el hecho de que se infla a muchos artistas, etcétera. Por eso es normal que haya años con carteles flojos, y otros sobresalientes. También está el tema económico y político, basta recordar cómo la corrupción en Veracruz perjudicó a Cumbre Tajín, cómo el BPM en Playa del Carmen fue un chivo expiatorio para no reconocer un problema generalizado de inseguridad, o situaciones tan desafortunadas como la manera en la que la crisis de la influenza fue un golpe mortal para el festival Ollin Kan.

Hay una creencia generalizada, salvo en dos o tres festivales de nicho, de que los headliners son los únicos que hacen atractivo a un cartel. Claro, venden. Pero si se apuesta a que esa sea la única posibilidad de ser rentables, se seguirán construyendo propuestas efímeras, en lugar de experiencias envolventes, emocionales (y emocionantes). Esto fue lo que capitalizó en sus inicios el Vive Latino, pero que poco a poco lo deja ir. Y si a esto agregamos que buena parte de la cobertura de festivales es mediocre, cayendo muchas veces en propagandismo, se empieza a comprender por qué no hay circuitos y seguimos viendo a los mismos artistas en todos lados. Obviamente un promotor preferirá irse a la segura, mientras que el resto de la industria prefiere hablar de lo que le gustaría que pasara –a partir de una idealización del pasado o de lo que ocurre en otras latitudes–, en lugar de documentar, monitorear y gestionar lo que realmente está pasando a su alrededor.

Pero el Vive no la tiene fácil…

Tras casi 20 años de historia, pareciera que “algo” ocurre que limita el crecimiento orgánico de los artistas que año con año se presentan en el festival. Es como si estuviéramos en la misma situación que existía a finales de los noventa: hay muchas propuestas de calidad, pero pocas oportunidades para escalar a un nivel medio o masivo como artista. Siendo el Vive Latino un aparente termómetro de la industria, habría que hacerle algunas preguntas.

¿Es un tema de comunicación? Cuando se asiste al festival se tiene claro que ofrece múltiples experiencias en un mismo espacio (desde proyecciones de películas y documentales a instalaciones sonoras, exposiciones, venta de libros, discos y parafernalia, e incluso “standuperos”). Queda claro que ha crecido, pero se percibe “flojo”. ¿Será algo tan sencillo como el diseño de cartel y lo que comunica? Ante un diseño y comunicación tibia habrá una reacción tibia. No obstante, recordemos que hay años flojos para cualquier festival. ¿Será este uno de ellos? Ó más bien no logra comunicar todo lo que tiene por ofrecer.

¿Es la curaduría? Analizando los últimos años se percibe una curaduría parchada, como si la lógica detrás de la selección de los actos estelares fuera casi aleatoria. Este año se repiten artistas intermedios a pesar de ser nombres consagrados y que podrían funcionar como headliners: Kinky, Illya Kuryaki and the Valderramas y Liran’ Roll. Pero los han quemado. Además, se nota cierto temor a reconocer como estelares a algunos artistas. Por ejemplo, ¿Por qué Bronco no calificaría como headliner? Claro, tal vez para algunos no sean tan “trendy” como Jake Bugg, G-Eazy o Justice. Pero, ¿estos realmente suman a la marca del festival? Puede ser una apuesta por una mayor internacionalización, o simplemente por satisfacer compromisos con promotores de otras latitudes. Pero la crítica no tiene que ver con un nacionalismo necio, sino con el hecho de que estas tomas de decisión no construyen sobre la experiencia del festival, sin importar el país de origen de las bandas.

¿Es falta de apertura? Año con año sigue el aferre a querer que el festival “sea sólo de rock”, mientras que festivales con ideales similares alrededor del mundo han reconocido que los gustos cambian y se han abierto a otros estilos. Claro, en el Vive Latino se escucha una gran variedad de propuestas, pero se sigue dando prioridad a una estética muy particular: lo “alternativo” cuasi elitista e incluso fundamentalista. Por lo que cuando se incorpora a artistas de otros nichos se hace con un tono condescendiente, forzado e incluso kitsch. ¿Será momento de quitarse los prejuicios de antaño con respecto a los gustos musicales? ¿Qué pasa con todos esos artistas que han marcado a generaciones pero que pareciera que están “vetados” del cartel por cierto idealismo anti-pop, a pesar de tener una estética o sonido similares a muchos proyectos que sí se han presentado? No sólo se trata de la obviedad de Maná, ¿qué pasa con Aleks Syntek, Timbiriche, Moenia, Caló, Alejandra Guzmán o Gloria Trevi?, por mencionar algunos. ¿Sigue siendo el público el mismo que años atrás buscó bajar del escenario a Natalia Lafourcade, Motel o Calle 13? El festival debe tomar una postura clara: callar, y en el proceso reforzar prejuicios y estereotipos, o pronunciarse abiertamente como un evento masivo incluyente, algo que ya ha construido entre líneas.

El Vive Latino ha diluido su identidad y en el proceso corre el riesgo de volverse “un festival más”. ¿Debe reforzar algún elemento de diferenciación? ¿Debería convertirse en festival itinerante y ofrecer presentaciones en otras ciudades, fortaleciendo así un circuito y generando expectativas alrededor de nuevos artistas? Urge promover una industria mucho más saludable y orgánica; circuitos activos y constantes. No es obligación del festival, pero OCESA debería reconocer que muchas de sus acciones promueven un fuerte centralismo, limitando el desarrollo de otras iniciativas independientes que al mismo tiempo le beneficiarían para la promoción de festivales y actividades a lo largo del país. Público sobra, y propuestas también, pero no son valoradas en su justa medida. Si después de casi 20 años le sigue costando a las bandas llenar foros grandes, pero un artista emergente de otra latitud puede arrasar aquí con la debida mediatización, habría que detenerse a pensar cuál es el papel de cada uno de los involucrados.

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