NUESTRO CINE Y EL ABISMO DE LA DISTRIBUCIÓN

Por: Andrés Cota Hiriart

La escena es tan reiterativa que abraza ya los linderos del lugar común: una película mexicana destaca en el circuito internacional de festivales (pensemos en La región salvaje de Amat Escalante o en cualquier otra de las producciones nacionales que durante el 2017 se hicieron con más de 100 premios internacionales) y aquí resulta casi imposible verla en la pantalla grande. O, si es que acaso el filme consigue abrirse camino hasta la cartelera del cine comercial (como sucedió tres años después de su estreno en el caso de La región salvaje), queda relegado a horarios absurdos durante apenas un par de semanas. Dilema que en la actualidad no solo afecta a las producciones independientes (de corte, digamos, arriesgado o poco complaciente), sino que se extiende a prácticamente el grueso de la industria nacional —claro, con excepción de las comedias románticas de enredos protagonizadas por Eugenio Derbez u Omar Chaparro, las animaciones de huevos o en su momento aquellas cintas en las que aparecía Ana Claudia Talancón en paños menores.

A juzgar por las estadísticas, estamos en el momento más productivo de nuestra cinematografía (según datos del IMCINE en 2017 se produjo una cifra histórica de 175 películas; bastante más que el promedio por año de la vanagloriada “Época de oro”). Sin embargo, de manera paradójica, el presente se erige también como el momento en el que, salvo por contadas instancias, es menos probable que veamos tales películas. De acuerdo con CANACINE durante el año pasado apenas el 20% de los estrenos correspondieron a producciones mexicanas (en contraste con la Época de oro, durante la cual buena parte de la oferta en marquesinas era de manufactura local). Cabe señalar que, aunque ya de por sí preocupante, tal cifra —un quinto del mercado actual— es un tanto engañosa, pues no es equivalente que las películas se “estrenen” a que tengan presencia en cartelera. La verdad es que, si tomamos en cuenta las funciones totales en lugar de los estrenos, el balance de cine mexicano que se exhibe en salas se reduce drásticamente hasta alcanzar una insignificancia opresiva.

No hace falta indagar demasiado en el asunto para constatar que este panorama agreste, y en definitiva irritante, obedece básicamente a un aspecto: el infame abismo de la distribución. Mismo que, a su vez, podemos atribuir a dos catalizadores principales: la mezquindad del duopolio que controla la cartelera del cine comercial y la somnolencia, rayando con narcosis, con la que la secretaría de cultura atiza el problema.

  Las principales cadenas de cines comerciales de la república simple y sencillamente no están interesadas en facilitar la exhibición del producto doméstico, prefiriendo programar Transformers 6 en cinco salas del mismo complejo que abrir espacios para alguna película mexicana. Con el agravante pavoroso de que cuando sí lo hacen: se limitan a promover aquellos títulos de entretenimiento hueco y calidad cuestionable, por decir lo menos; que si algo atinan a conseguir como conjunto, es perjudicar la noción popular sobre nuestro cine (con todo respeto para los autores de tales joyitas, pero pensar en que para la inmensa mayoría de los habitantes del país el cine mexicano contemporáneo se conoce solo por producciones del tipo: ¿Qué culpa tiene el niño?, Cásese quién pueda, No se aceptan devoluciones, Cómo cortar a tu patán, etc., es equiparable a considerar que la concina mexicana se encuentra bien representada por Taco Bell.

La realidad es que a lo largo y ancho del territorio la cartelera es una calamidad. Un despeñadero sombrío y desquiciante de cine chatarra. Quizás podría parecer como una exageración ante los ojos de los capitalinos (después de todo existe un puñado de iniciativas que se esmeran por enriquecer el circuito alternativo con materiales más dignos), pero intente usted asistir al cine en Irapuato o Coatzacoalcos y comprobará lo alarmante que es la carestía que tenemos entre manos.

Ante el agravio consecuente de los realizadores y comensales exigentes, las cadenas comerciales suelen escudarse bajo el supuesto de que el cine mexicano no es negocio. El viejo alegato que asevera que los filmes nacionales, y para el caso todos aquellos denominados como “de arte”, no llenan las salas —como si de la venta en taquilla provinieran los ingresos más remarcables de estas empresas; cuando es sabido que hoy en día el grueso de las ganancias, que dicho sea de paso están muy lejos de no ser fructíferas, fluyen a razón de los 20 minutos de publicidad impuesta al público cautivo y por exprimir su gula en la dulcería.

Pero el principal problema con dicha postura no es que sea hasta cierto grado infundada (de acuerdo con Forbes en 2017 el cine mexicano recaudó más de 1000 millones de pesos en taquilla), sino que pareciera ignorar un rasgo esencial de las audiencias: que responden a la oferta. El público no es un agente inmutable, al contrario, sus intereses, gustos y consiguientes demandas se encuentran influenciadas de manera intrínseca por el mercado. Si algo se ha mantenido constante en nuestros hábitos de consumo masivo a lo largo de los años es su carácter fluctuante: la maleabilidad y disposición a la novedad que le caracteriza. Digo, no por nada el impacto de las tendencias y las modas o los cambios de perspectiva con los que la sociedad responde a ciertas fracciones de la cultura. A lo que quiero llegar es que, si bien salir de este atolladero de hegemonía Hollywoodense podría parecer como una faena titánica, no todo está perdido.

Regresando a lo que nos atañe, estamos, pues, ante una prerrogativa desconcertante. Tenemos una industria cinematográfica que, como tantas otras, opera a través de una maquinaria discordante. Por un lado, los engranajes de producción en la base del sistema parecieran estar bien engrasados (aunque es cierto que giran principalmente gracias a fondos gubernamentales y programas de estímulos fiscales, lo cual, no está de más recordar, crea una dependencia peligrosa), no obstante, en el extremo opuesto de la maquila no existen vías de salida para los productos que se crean. Esquema que, no se requiere contar con nociones profundas sobre economía para adivinarlo, es insostenible, por no decir francamente idiota. ¿Cuál es el punto de inyectar cuantiosos recursos a una enmienda si después no se van a aprovechar los resultados? Sería como si un equipo de futbol gastara millones en comprar jugadores talentosos solo para dejarlos en la banca (con el pequeño detalle de que en este caso la fuente principal de capital invertido proviene de nuestros impuestos).

No se malinterprete lo que estamos proponiendo: no se trata de ninguna manera de recortarle presupuesto al cine, sino de impulsar medidas que aseguren que se complete el ciclo de producción: que las obras lleguen a quienes las están pagando y para quienes se supone que están hechas. Y para aquellos que consideren el asunto como de lesa relevancia, sobre todo gobernantes o cabezas de puestos administrativos, quizá sea importante recordar que, con casi siete mil salas, nuestro país ocupa el cuarto puesto en el conteo de más cines a nivel mundial (solo superado por China, India y Estados Unidos). Lo cual, no hace falta analizar detenidamente, representa un nicho de explotación sumamente prometedor. El cine mexicano por supuesto que podría ser negocio y uno sumamente lucrativo, pues además de generar dividendos de paso se enriquecería la cultura; claro, si es que esto le interesara a alguien.

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