‘Disco music’: rebeldía, redención y estimulantes

Frente a lo que pudiera parecer, el breve período de esplendor de lo que se dio en llamar música disco dejó, además de cantantes, instrumentistas, compositores y productores con un calado notable, un afán reivindicativo y transgresor, de enorme efervescencia social, años marcados por su carácter libérrimo y hedonista, en un tiempo de cambio en distintos órdenes, con un legado que contaminó jovialmente a las distintas manifestaciones de la cultura popular. «Confluyen un montón de circunstancias felices que hicieron surgir esta música. Una de ellas, el potencial brutal que había en el soul, pero no sólo los negros hacían música nueva sino que iban de la mano de otros colectivos que estaban silenciados o incluso mucho más perseguidos que los propios negros», explica en conversación con este periódico Luis Lapuente (Madrid, 1957), autor del libro Historia de la música disco(Efe Eme).

Estamos ante un exhaustivo y ameno tratado del fenómeno que revolucionó las pistas de baile desde mediados de los 70 a los primeros 80, un auténtico alegato que combate los prejuicios con que se contempló esta descarga de sensualidad artística, capaz de arrasar con casi todo lo que se venía haciendo entonces. «Decía Curtis Mayfield que en esa época o hacías música disco o no hacías nada», explica Lapuente, un auténtico erudito de todos los géneros colindantes con la música negra que se desarrolló desde la segunda mitad del pasado siglo. Distingue el autor cuatro ejes que vertebraron la explosión de la música disco, todos ellos confluyentes en 1977. «Entonces surgió el grupo Chic, nació en Nueva York la discoteca Studio 54, se estrenó la película Fiebre del sábado noche y apareció el tema de Donna Summer I feel love. Decía el ingeniero de sonido Brian Eno que aquella música anticipaba el futuro. Los cuatro episodios señalan un poco la cumbre artística y comercial del género. A partir de ahí se vivieron dos o tres años de extraordinaria brillantez, antes de que comenzara el declive».

Historia de la música disco llega tres años después de El muelle de la bahía. Una historia del soul (Efe Eme), más que un lujoso precedente donde el Dr. Soul, apelativo con el que se conoce a Lapuente, también médico de profesión, atraviesa la génesis y el desarrollo de todos los sonidos negros, con semblanzas de sus más afamados representantes, desde Louis Jordan a Amy Winehouse, pasando por Marvin Gaye, Stevie Wonder, Aretha Franklin y una profusa lista de leyendas entre las que no falta su adorado Solomon Burke. «El funk devora al soul y el rock se vuelve presuntuoso», apunta Lapuente a la hora de situar el punto de partida del fenómeno disco. «El soul se fracciona entre aquellos que tiraban más hacia una de sus almas, los placeres de la carne, faceta con la que engancha la música disco, y la vertiente más politizada que propicia el asesinato de Martin Luther King, con aquellos discos conceptuales de Marvin Gaye. A principios de los 70, hay algo de presunción en aquellos temas de 11 minutos del rock sinfónico. De este modo, el rock pierde parte de su encanto, que era la inmediatez de la pista de baile. Ese espacio lo ocupa también la música disco, hasta el punto de que cuando repararon en ello algunos grupos de rock también se pasaron a ella».

Gente venida del soul, como el propio Marvin Gaye o Diana Ross, la que fuera líder de las Supremes, intuyeron el momento y supieron subirse al tren. Detrás de la reinvención de Diana estaban, cómo no, Nile Rodgers y Bernard Edwards, inspiradores también de Sugarhill Gang, adelantados del rap con su célebre Rapper’s delight, al albor de la melodía de Good times, icónico tema de Chic.

Studio 54 se erigió como el templo de un fenómeno que redimía por igual a negros, homosexuales y latinos, sin tener por ello ninguna pretensión excluyente con la pléyade de seguidores de todo rango y condición. La discoteca, eso sí, se distinguía por su porte elitista. Cuenta Lapuente que en una noche en que les fue negado el acceso, Nile Rodgers y Bernard Edwards, miembros fundadores del grupo Chic, se fueron a su apartamento y concibieron Le freak, uno de los himnos del género.

«Studio 54 era la meca. Por allí pasaban casi a diario gente como Truman Capote, devoto de la música clásica, Salvador Dalí acompañado de Amanda Lear, Mick Jagger… En aquellos años, todo el que quería ser alguien en el mundo de la música, del espectáculo, del arte o de la política se dejaba ver en Studio 54. Hasta la esposa de Jimmy Carter se sintió fascinada por el lugar».

Los profundos cambios generados por la música disco también afectaron al consumo de drogas. «Si en Woodstock habían proliferado la marihuana y el ácido, con la música disco, por su propia naturaleza, que exigía bailar y divertirse toda la noche, entran la cocaína y las drogas de diseño, las anfetaminas, los estimulantes, aunque paradójicamente, en el origen, con lugares como el Loft de David Mancuso, en Nueva York, sólo se permitían frutas, batidos y frutos secos». Los pinchadiscos dejan de ser meros elementos de transmisión para ocupar un papel relevante en el proceso de desarrollo de temas reinventados con el nacimiento de los maxisingles, una alternativa para dilatar sin interrupción los contagiosos ritmos que incendiaban las pistas. El cine, desde la estética de conflictividad racial en los guetos urbanos encarnada en la blaxploitation hasta el estallido de Saturdaynightfever, ocupa también un papel vertebral a la hora de entender lo que significó el género. «Fiebre del sábado noche surgió en el epicentro de la música disco y ayudó a democratizarla. Toni Manero, el hortera interpretado por John Travolta, se convierte de repente en el rey gracias a sus habilidades para el baile», comenta Lapuente, que presenta cada semana en Radio 3 Sonideros. Hay una derivación que tampoco pasa inadvertida para el autor. «El eurodisco se convirtió en un fenómeno diferenciado del resto de la música disco. Así fue en países como Francia, Italia y España. Desde gente como Peret hasta Max Suñer, de Iceberg, se vieron influenciados por el impacto de la disco music. Cuando empezaba a declinar como tal en Estados Unidos, aquí florecía el eurodisco».

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