El día que María Dueñas visitó a los personajes de su última novela

Mantel plastificado, cafés con leche (“mitad” en la jerga local malagueña) en vaso, pasteles en varios platos y unas señoras, de edad variada, deseosas de enseñarle a María Dueñas cómo se vive en un corralón en el barrio de La Trinidad-Perchel, de donde salieron en la ficción la familia de Las hijas del Capitán, las emigrantes malagueñas protagonistas de la última novela de la autora que saltó a la fama con El tiempo entre costuras. En la trama se mezcla en glamour de las aventuras del hemofílico hijo mayor de Alfonso XIII, Alfonso también, con la vida sacrificada de los emigrantes españoles de la calle 14 de Manhattan.

Españoles con hambre que salieron de barrios como La Trinidad malagueña, de esos corralones con flamenco y olores a guiso que llevan recuperando sus vecinos varios años con semanas en las que las abren, sirven tapas y hay espectáculos. María Dueñas, en la ciudad para una conferencia en el Museo Picasso, se ha perdido por unos días una de esas celebraciones, pero Yolanda Batalla, de la Alacena del Corralón de la Trinidad Perchel, la invitó a merendar y la escritora, siempre curiosa, allí se presentó, a un patio lleno de macetas de geranios en flor y números de casa en cerámica artesana, rodeada de medianeras de edificios del desarrollismo de los 70.

Delante de ella, un plato de maimones, un dulce con receta recuperada por estas mujeres que quieren ganarse la vida dando de comer a turistas de calidad en los patios. “Nosotras queremos que vengan japoneses con respeto“, explica Yolanda. María apenas prueba los dulces y le dicen: “No seáis miseria, que esto es gloria bendita” y es imposible no caer en la tentación de un trozo de leche frita.

No quedan muchos corralones y la edad media de los vecinos es alta, le cuentan a la escritora. Por eso no es plan llenarles los patios a todas horas de una masa de turistas. O de malagueños que no las conocen, porque puede ocurrir que María Dueñas esté pisando un rincón desconocido para muchos, que no se adentran “al otro lado del río”. Ella no lo dudó.

Le dedican un libro precioso con recetas populares y preguntan qué les da de comer a los que visitan en la novela la casa de comidas de los malagueños en Manhattan. “No puedo poner cosas complicadas, porque tengo que pensar en un público internacional que lo va a entender o en las traducciones”, explica. “Entonces no puedes poner sopas cachorreñas”, dice riendo una de las mujeres sobre un plato típico de Málaga y del hambre, dada la humildad de sus ingredientes, apenas ajo y pan.

Pero sí aparece en sus páginas El Cautivo, ese trono icónico de la Semana Santa malagueña, el Señor de la Trinidad al que casi entierran en miles de clavales y lleva “una hora de promesas detrás”, según le explican a la escritora sobre las personas que hacen penitencia para pedirle al Cristo.

La escritora pregunta si tienen parientes en América y salen primos repartidos entre Virginia, EEUU, y Ecuador, donde un primo, Juan Portillo, es el Rey de la Paella. Y lo es, a juzgar por Trip Advisor y de su prima, que cuenta cómo “cuando llegó, se dio cuenta de que se tiraban los chanquetes” y, de nuevo, la conversación se va a los huevos fritos y la ensalada de pimientos para acompañarlos.

Pero el momento más divertido de ida y vuelta de América ocurre en el corralón cuando sale el asunto de los embarazos que causaban en Málaga los marines de los portaaviones que ya no recalan: “Yo soy una”, dice en ese momento otra Yolanda de 56 años, bastante morena de piel, padre desconocido. “Un día, entró uno en la corrala y le vio cantar y tocar las palmas y le preguntó que si era de Trinidad-Tobago, ella dijo que era de la Trinidad, pero que no eran todos vagos”, se ríen todas con la anécdota que cuenta la otra Yolanda.

Los corralones ya no son lo que eran. Afortunadamente. Se han dejado de compartir los baños y las cocinas. El suelo de los patios ya no es terrizo. En la semana popular se organizan concursos para ver cuál es el mejor adornado y, con el premio municipal, han ido comprando alguna fuente, poniendo bancos más cómodos. Las mujeres de La Alacena sacan algo de dinero vendiendo tapas y bebida a dos euros en esas semanas populares: “Hacemos demostraciones gastronómicas, nada de chow cookin”, explica Yoli.

Es hora de siesta. No hay nadie en los patios. María Dueñas, camino del centro, al otro lado del río, entra en otro corralón de macetas azul añil y, en las paredes, fotos de Lola Flores con el Camarón, o de Paco de Lucía con Tomatito. Por estos corralones está la memoria de la Rempoma o de la Rempompilla.

María Dueñas cuenta que, en Chicago, el conductor de Uber que tiene de referencia el Instituto Cervantes es familiar de estas flamencas malagueñas. Pero no hay vecinos a los que preguntar porque hace calor, por fin, y es hora de siesta tardía. “En un rato, sacarán las sillas y las pondrán aquí, en la calle, a la fresca”, explica una de las guías improvisadas de la escritora que lleva semanas en lo alto de las más vendidas.

Vecinas en sillas callejeras, como cuando emigró la familia ficticia, hecha de retazos verdaderos, de La Hijas del Capitán.

Años aquellos de hambre pero que, según cuentan los más mayores, el tiempo hace recordar con nostalgia: “Comía no había, pero lo pasaban muy bien con el bailoteo, el flamenqueo y compartiendo lo poco que había”. Ahora hay más comida, algunas niñas van al conservatorio a clases de danza y, en Navidad, hay flamenqueo y bailoteo, pestiños y rosquillas. María Dueñas está invitada.

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