Thomas Weber: “Hitler era un oportunista pero también un hombre de ideas”

El misterio de cómo Adolf Hitler pasó de ser un tipo torpe y solitario en cuyas dotes nadie creía, y que coqueteaba con ideas colectivistas tanto de izquierdas como de derechas, a un líder político rocoso y dispuesto a todo con tal de imponer su ideario, ha inspirado a centenares de historiadores. Hasta ahora, se creía que esa transformación estuvo relacionada con su experiencia en la I Guerra Mundial y su rechazo de la conversión de la Alemania imperial en una república. Thomas Weber es el primero en defender que el futuro Führer fue en realidad una combinación, endiablada si se quiere, de arribismo y convicciones reales.

Weber (Hagen, Alemania, 1974) sostiene en el libro De Adolf a Hitler. La construcción de un nazi (Taurus) que coexisten en él una serie de ideas fijas que no cambian durante toda su trayectoria y un oportunismo que reviste “dos o tres formas”, en su opinión. “Hitler era un hombre de ideas. El núcleo de su ideario se mantiene sin cambios desde 1919 hasta 1945; en todo lo que rodeaba ese núcleo, es mucho más flexible -señala el profesor de la Universidad de Aberdeen-. Su racismo, por ejemplo, es oportunista: en los primeros años tras volver de la guerra, no tiene ningún problema con los eslavos, pero de la noche de la mañana pasa a considerarlos subhumanos. ¿Por qué? Porque sus ideas geopolíticas le convencen de que Alemania debe colonizar el este de Europa, no porque sea racista previamente”.

Para Weber, otro de los oportunismos de Hitler tiene raíces personales y lo motiva su narcisismo. “Es alguien que hace lo que sea necesario para conseguir el tipo de satisfacción que necesita una personalidad narcisista, y que es incapaz de lidiar con las críticas”, indica. No es oportunista, en cambio, su antisemitismo, sobre el que se muestra inflexible aunque abierto a diversas opciones “en las formas”. En todo caso, “absolutamente sincero”.

Si la aceptación por parte de Alemania de las condiciones del Tratado de Versalles fue el camino de Damasco del dirigente nazi, la humillación derivada de ella pudo desempeñar un papel clave en su metamorfosis. El historiador recuerda que Hitler “no tenía compasión con las personas que entendía que no se habían portado bien con él, y aunque muchas veces los utilizara por razones tácticas, las mantenía a distancia. Pudo sentir la capitulación como una humillación general del país al que había dedicado los cuatro últimos años de su vida y que representaba todo en lo que él creía”.

Weber no duda de que las motivaciones de Hitler eran en general sinceras. “Creía que estaba haciendo las cosas bien y que el suyo era el único camino para salvar a Alemania, a Europa y a la civilización occidental. Desde luego que eran ideas de locos, pero si aceptas los principios que las sustentan -y que él era capaz de exponer de una manera que parecía racional- presentan cierta lógica”. La lógica que le dictaban la insólita derrota de Alemania, que no puede aceptar, y la necesidad no ya de ganar la siguiente guerra sino de refundar la nación “de modo que sea sostenible a lo largo del tiempo en un mundo que cambia a toda velocidad. El análisis de Hitler es: en el plano interno, la debilidad es culpa de los judíos; en cuanto a la escasez de recursos, de mano de obra y de territorio, la solución es expandirse hacia el este”.

La radicalización de Hitler en la década de 1920 tiene mucho que ver, según Weber, con la “incapacidad social” de un ex soldado que está buscando un auditorio que saque a la luz sus talentos ocultos -la inteligencia, la oratoria- y lo encuentra por accidente cuando en la primavera de 1919 es nombrado representante de su unidad militar. “Se trata de un punto de inflexión porque, por primera vez, goza de un control jerárquico sobre otras personas. Cuando se siente escuchado y refrendado por su audiencia, el líder en ciernes levanta el vuelo”. A partir de ahí concibe “un liderazgo completamente nuevo” y, entre otras cosas, inventa en ‘Mein Kampf’ “una versión alternativa de su pasado que tuvo tanto éxito que nos la hemos creído durante 70 años”.

De paso por Madrid, Weber ha aprovechado para desvelar paralelismos entre la situación en Cataluña y en la de Weimar. “Hay ciertas similitudes que hay que abordar porque de lo contrario estamos creando las condiciones en las que partidos políticos pequeños [como el nazi] pueden llegar a sacar el máximo provecho de la situación”.

 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Unable to load the Are You a Human PlayThru™. Please contact the site owner to report the problem.