Frida Kahlo y el mercadeo de la diversidad

La fridamanía ha vuelto. El Victoria & Albert Museum de Londres alberga una exposición que reúne más de 200 objetos íntimos de la pintora que nunca habían salido de su México natal. San Diego, en California, acogió el pasado domingo un concurso de dobles de la mexicana como actividad paralela a una muestra con reproducciones (!!) de todos sus cuadros. Y si el pasado marzo saltaba la noticia de que los herederos de Kahlo estaban enfrentados por la muñeca Barbie inspirada en la artista, hace poco se ha publicado en España Efecto Frida (Espasa), un libro en el que Susana M. Vidal resume las «enseñanzas vitales» de la artista en algo así como un decálogo de vida con eslóganes del tipo: «la lealtad no es fidelidad» (para explicar los cuernos que le ponía Diego Rivera, que la engañó hasta con su hermana, y los amantes que tuvo Frida), «Tu historia es tu marca» o «El dolor es inevitable; el sufrimiento, opcional», una afirmación decididamente osada teniendo en cuenta que Kahlo sufrió un grave accidente que rompió su columna, pasó por una treintena de operaciones, poliomelitis, varios abortos, sufrió dolor crónico la mayor parte de su vida y la amputación de una pierna. ¿De verdad en esas circunstancias es el sufrimiento algo «opcional» y el dolor «un talismán que cura»? ¿De verdad «si Frida Kahlo viviese hoy sería una it girl»?

Sabemos que Kahlo fue una artista fuertemente politizada: que cambió su fecha de nacimiento para hacerla coincidir con la de la revolución en México, que ingresó en el Partido Comunista, que acogió en su casa, la Casa Azul, a Trotski y que durante la Segunda Guerra Mundial participó en mítines antifascistas (aunqueEfecto Frida obvie toda esta información). Y sin embargo, hasta la conservadoraTheresa May lució una pulsera inspirada en la obra de la mexicana en el congreso anual de los tories el pasado octubre, tal y como recuerda Daniel Bernabé en La trampa de la diversidad, donde analiza el proceso de «vaciamiento y apropiación» de Kahlo, ya convertida en un objeto de consumo que tiene poco que ver con la Kahlo real. La política, afirma Bernabé, se ha convertido en otro objeto de consumo.

El ensayo analiza cómo el neoliberalismo atraviesa sutilmente otros fenómenos culturales recientes (de Operación Triunfo a la famosa cabalgata de reyes LGTBI de Madrid) y resulta especialmente interesante cuando desarrolla la teoría de que el individualismo, el creerse más especial que el vecino, más único y diverso que la masa, más rebelde y guapo que el resto, es el fin de lo colectivo, de lo que había conseguido la lucha de clase.

Las guerras culturales, aquellos conflictos centrados en lo simbólico más que en lo material, son lo que nos define hoy. «Nuestro yo construido socialmente anhela la diversidad pero detesta la colectividad, huye del conflicto general pero se regodea en el específico», sostiene Bernabé. Dicho de otro modo: nunca hemos necesitado ser tan diferentes, pensarnos tan diversos. Y para diferenciarnos del resto, inventamos etiquetas para todo, cuanto más exóticas, mejor. Ecoansiedad, freegans, ¡dendrofilia! Un ejemplo sonrojante, el favorito del autor: lasmeatmares, las pesadillas que tienen los veganos cuando sueñan que comen carne. Lo curioso es que no son pesadillas, sueñan que disfrutan comiendo un entrecot. Lo anécdotico, la chorrada como centro de la vida.

Volviendo a Kahlo: otro fenómeno que rodea a la mexicana es la incesanteromantización de sus desgracias, el hacer pasar el dolor por amor, desesperación por liberación, debilidad por coraje. Encumbrar al artista torturado no es algo nuevo, pero afortunadamente, cada vez son más los que se niegan a glamurizar el sufrimiento creativo. De eso habla, y muy bien, Hanna Gadsby en el monólogoNanette, la última sensación de Netflix, donde comparte un desagarrador relato sobre su salida del armario y por qué la comedia no la ha ayudado a superar su problemas porque hacer el mismo chiste sobre uno mismo durante décadas no siempre es la mejor terapia. Gadsby arremete contra el tópico que dice que si Van Gogh se hubiera medicado, no tendríamos los girasoles. De hecho, sí se medicaba, con digitalina, para tratar la epilepsia, un fármaco que puede causar que alguien vea en amarillo o en focos de amarillo. Y respecto a los girasoles: no tendríamos ni uno sin su hermano Theo.

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