Sobre la destrucción (creativa) de libros

n algunas fotos y vídeos de Alicia Martín (Madrid, 1964) aparecen dos manos rompiendo por la mitad un libro (como si fuera fácil), un libro aleatorio y genérico, no se sabe cuál. Cosa rara en un mundo donde ese objeto llamado libro es reverenciado como un tótem y parece merecer una vida eterna rulando por librerías de viejo, rastrillos y cafeterías con biblioteca y encanto: ¿Quién puede matar a un libro? La rotura de libros que aquí se plantea, en la obra Monólogo, tiene algo de provocación punk. “Más bien una provocación hacia dentro”, explica Martín, “en realidad lo veo como una ruptura radical con algo, con la educación o la cultura recibida, con aquello que nos viene dado”. De fondo, en la pieza de vídeo, suena canto gregoriano, canto tibetano y música sufí. “Todos esos cantos que alargan las vocales”, dice la artista. Las manos siguen rasgando los libros como si fueran una sola hoja de papel.

La artista lleva desde los años 90 trabajando sobre el libro como materia prima para sus creaciones. Las más conocidas son las grandes esculturas librescas que comenzaron en 2005 con aquel chorro de libros que escupía la Casa de América por sugerencia del comisario Rafael Doctor Roncero. “Ya allí había gente que se indignaba al ver aquel uso que consideraban equivocado de los libros”, dice la artista, “recuerdo a un señor que estaba muy enfadado, rojo de ira. Le dije que si quería rescatar alguno de los libros era libre para ello. Estuvo mirando un rato, pero al final no se llevó ninguno”. Después de esa primera escultura llegarían otras en México, La Haya, Roma, Córdoba o Santiago de Compostela: esferas de libros, rosquillas de libros, torrentes de libros, montañas y mareas de libros y libros. “Esta forma de utilizar los libros es una manera de desordenar, de cambiar la estructura de lo que nos viene impuesto”, dice la libresca escultora.

En la actual exposición, retratodeartista, (hasta el día 27 en la galería Lucía Mendoza, c/ Bárbara de Braganza, 10, dentro de PHotoEspaña) Martín muestra, bajo el comisariado de Francisco Carpio, otros de sus outputs fuera del gran formato y el espacio público: fotografías, vídeos y esculturas de tamaño medio, con el libro otra vez como protagonista y, en especial, el libro relacionado con el arte. Otras de sus obras biblioclastas son esos “collages” (Martín los llama así) que dan nombre a la exposición, consistentes en un catálogo de arte atornillado a un lienzo que luego la artista destroza y arruga a martillazo limpio, hasta crear un extraño volumen de papel deforme. Los golpes errados quedan registrados en el lienzo dando una idea de la violencia de la acción. Es la destrucción creativa de los libros, como la entendería el economista Joseph Schumpeter.

En la serie de fotos titulada Inbreeding (o Endogamia), Martín toma imágenes de las imágenes de catálogos artísticos que a su vez son imágenes de otra cosa, como en un juego de espejos. “Son reproducciones de reproducciones de reproducciones de reproducciones”, insiste la artista, las imágenes artísticas que tienden al infinito. No muy lejos se encuentra precisamente, un ejemplar del libroLa obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de Walter Benjamin, en edición alemana de bolsillo, y sujeto precariamente por dos láminas de cristal rotas. “Quería dar la sensación de un equilibrio inestable, esa inmediatez, y trabajar con materiales que tengo al alcance, en el estudio, que es algo que siempre hago”, explica Martín. En otra fotografía de gran formato, Jardines, los libros brotan de una verde pradera, como una primavera de letras. En realidad, según Martín, esos volúmenes torcidos sobre la hierba podrían representar las lápidas de un cementerio tirando a romántico, que surge de una propuesta realizado en el Museo Arqueológico de Zamora, donde las antiguas lápidas inspiraron a la artista.

Dicen que se aprende mucho de libros, más allá de leyéndolos, pasando tiempo en bibliotecas y librerías, tocando unos y otros, mirando las solapas. Martín también manipula muchos libros, miles de libros, y algo queda. “Así también se aprende, sobre todo de formatos, editoriales, etcétera”, dice la artista, “otro proceso bonito es el de las personas que participan en la creación de una escultura, como primero manipulan los libros sin prestarles mayor atención, pero, poco a poco, se van parando, interesando, leyendo… Hasta que preguntan “¿Este me lo puedo llevar?”.

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