La tertulia… de Paco Ignacio Taibo II

Por Ezra Alcázar

Autor de más de cincuenta libros, activista político incansable y promotor de la cultura desde abajo y por la izquierda, Paco Ignacio Taibo II es uno de los escritores mexicanos más queridos. Sus libros pasan por el reportaje periodístico, la historia narrativa y la novela policiaca, por lo que es considerado el padre del género en nuestro país. Entre sus libros más conocidos está la serie (de nueve tomos) de novelas policiacas del detective Héctor Belascoarán Shayne, Retornamos como sombras, Ernesto Guevara, también conocido como el Che, Pancho Villa: una biografía narrativa, y Muertos incómodos, su novela a cuatro manos con el subcomandante Marcos.

Mientras el querido Paco revisa las galeras de su nuevo libro, Patria (que constará de tres tomos para hablar de los liberales del siglo XIX), me metí a su estudio para preguntarle con qué escritores le gustaría compartir la mesa.  Apenas y le hago la pregunta, su cabeza empieza a trabajar, no es necesario hacer pausas o pedir aclaraciones sobre algo, la voz de Paco se suelta y empieza a hablar de sus amores literarios.

Me gustaría volver a sentarme con algunos escritores con los que he tenido la oportunidad de tener tertulias y lo he gozado mucho. Y sin embargo hay otros que me causan gran admiración y cuando nos sentamos no conectamos en la conversación. Tendría que repasar mi lista de amores e intereses.

Las mejores conversaciones que he tenido sobre literatura y que me gustaría repetir se produjeron con Jerome Charyn, el novelista norteamericano. Para mi juicio una de las mentes más lúcidas que he conocido en la reflexión sobre cómo llegas a la historia, cómo llegas a contar lo que cuentas, y por qué. Tuvimos una entrevista mano a mano con la BBC de Londres que duró una hora, la BBC dejó de grabar y nosotros seguimos por unas dos horas más. Los de la BBC no se iban, ahí estaban escuchando. Me gustaría a tener una tertulia con él.

Me encantaría la posibilidad de sentarme con (Leonardo) Sciascia. Me parece un escritor que tiene un grado de oscuridad escondido que me gustaría desentrañar, y me fascina.

Me apetecería muchísimo sentarme con Rodolfo Walsh y decirle “¡No, la contradicción entre la militancia y la literatura no es cierta, güey, sigue escribiendo!”. Con mucho cariño.

Me apetecería sentarme con Roque Dalton y hablar de cualquier cosa. Su manera de ver el mundo me resulta extraordinariamente atractiva.

Por un momento echo la vista hacia la foto que está en lo más alto del librero al que la silla de escritorio de Paco da la espalda y le señalo a César Vallejo.

No, Vallejo de lejos. Porque hay un tormento que no comparto. En general los escritores con tormento no me atraen personalmente, me atraen como escritores, me atrae su literatura, me atrae Sir Richard Francis Burton, claro que me atrae por aventurero; me atrae profundamente Quevedo, pero me niego a sentarme con el pinche Quevedo, seguro que me tranza.

Me gustaría sentarme con Riva Palacio, hay dos o tres poemas de él que me cautivan. Y me gustaría hacer tertulia con Guillermo Prieto, debía ser un pinche hándicap sentarse con Prieto a platicar, debía ser exuberante, desbordante. Lo que pasa es que tengo miedo que el sentarme con Prieto se convirtiera en un acto de fascinación que me dejara con la boca abierta todo el rato y me impidiera interactuar con él.

Tuve la oportunidad de sentarme en dos conversaciones largas con Semprún, muy sabrosas conversaciones sobre cómo entender la literatura. Y una conversación con García Márquez muy chingona caminando por una librería. Esa te la puedo contar porque a lo mejor te sirve. Estaba en el Péndulo y de pronto volteo y a mi izquierda está García Márquez y me dice “¡Paquín!”, porque de la relación familiar que tenía yo era Paquín. Cuando me llamó para decirme que Clinton leía mis libros fue “Paquín, oye acabo de darme cuenta de que Clinton lee tu libros”. La conversación fue absolutamente accidental. Miento, no era el Péndulo, era en el Juglar. Íbamos caminando viendo libros y nos interrumpieron unas cinco veces de las maneras más exóticas posibles: primero una señora que quería que García Márquez le firmara un libro de La Ilíada o La Odisea; otra en que alguien se acercó diciendo “¡Maestro!”, lo abrumó con eso; luego otro que llegó a decirle que si le podía conseguir empleo a su hijo. Abrumado él por este tipo de interrupciones, empezó a acelerar el paso y nos metimos en los vericuetos de la librería huyendo de esto. Y entonces se produjo la siguiente y extrañísima conversación me dijo:

Paco, si uno tiene tres comas puestas por error en una página, pues cambia de corrector. Si en una de tus páginas impresas tienes siete errores, cambia de editor. Si en una página tienes 15 errores, cambia de editorial. Pero si tienes 77 comas mal puestas en una página, eso se llama estilo.

Me pareció de los más divertida y lúcida la reflexión de García Márquez. Seguimos caminando por la librería y él terminó huyendo. Cuando se estaba despidiendo me dijo

Seguro a ti te gusta más otra que no sea Cien años de soledad.
A huevo—le contesté—a mí me gusta El coronel no tiene quien le escriba es mi favorita.
Siempre hay heréticos—contestó y se fue.

Ahora ven que te voy a enseñar cómo va Patria.

Apago la grabadora y me recargo en la silla del escritorio y mis ojos siguen la lectura que él hace con un cigarro en la boca sobre el manuscrito que se convertirá en el nuevo libro en unos meses más.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Unable to load the Are You a Human PlayThru™. Please contact the site owner to report the problem.