El Golfo de Tehuantepec

Por César Rito Salinas

Cuando el autor se oculta, cuando se muestra cerrado, el lector se enfada y abandona. Todos tenemos la facultad de contar historias. En la lectura hay un duelo de afinidades y rechazos que se arrastra entre la cálida atmósfera; coincidencias y desconocimientos forman la tensión requerida para permanecer. En toda narración hay algo oculto que elector trata de anticipar porque relaciona la narración que lee con su vida. En el gusto por la lectura hay un duelo de experiencias para saber quién, entre lector y autor, cuanta con la historia más rica y sentida, verdadera.  

I

Escribo sólo de lo que sé, de lo que conozco. De un mar que revienta sus olas a unos cuantos metros del patio de Honores a la Bandera, del tren que me despierta a las siete treinta de la mañana para ir a clases, del viento fuerte que arrastra con todo. Escribo sobre marinos que se hacen enterrar frente a la playa del mar. De putas y delincuentes del puerto, cantinas; de eso escribo. De la esquina de los músicos. Escribo de la noche aquella que velamos a mi padre, allá, en el barrio, del sueño que me anticipó su muerte. De las cosas que sucedieron en los nueve días de rezo hasta que levantamos su cruz. Del año entero que nos encerró mi madre a piedra y lodo a presentar tristeza por la muerte de mi padre. De eso escribo, que no es más que aquello que conozco y que fui aprendiendo con duros días.

II

El día que me vine a enterar del lugar de mi nacimiento fue cuando el profesor solicitó el acta del Registro Civil para tramitar la boleta del último grado en la primaria. Yo era pequeño, un palo con ojos, llevé la petición a mi madre.

___ Voy a la escuela a decirles que eres mi hijo –dijo ella.

En el patio, junto al árbol de mango, dejé sin atar al perro Pipo.

Yo era un niño, un palo con brazos frente a mi madre que tenía las manos mojadas sobre el mandil.

___ Que no quieren que vayas, quieren el papel –alcancé a decir.

___ Pues te llevo al puerto, allá naciste –dijo mi madre esa tarde en que regaba las flores de las macetas en el patio.

Subimos al autobús que amaneció frente al mar, era la primera vez que salía de la tierra donde nacieron mis padres. El puerto me resultó conocido, las calles, el calor; la oficina donde nos entregaron el documento, el mercado. Hay en la memoria un sitio para las cosas que no conoce, un espacio de las cosas donde ocurren los recuerdos. La gente al hablar tenía otro sonido, el sonido de las marejadas profundas, apurado, metálico, como de la ola del mar que se revuelca exhausta en la arena. Yo era un niño, un palo con la boca abierta.

III

Me hundo en el espacio líquido que forman los signos de puntuación. Mastico el punto y coma, sabe a erizo de mar, tiene la consistencia en transición de su estado, líquido y sólido como el barniz de la ventana. Converso con el punto y seguido que se mantiene elevado, calvo, sobre el cable del tendido eléctrico. En casa me decían que hablaba con las nubes. Saludo a la coma, viene cubierta con guantes de cabritilla. Porta un traje para cada suspiro, enumera su entorno como la madre que cuenta hijos y maletas –marido incluido- en la terminal de autobuses; linda y esquiva, la coma. Pasa, muy señora, traje largo y sombrero con plumas; una mantilla oscura cubre su enigmático rostro. El punto y aparte la espera al final de la noche, señor con sombrero y bastón. Todo lo hace el camino del garabato. Los signos de puntuación salen de la terminal de autobuses, en la calle levantan el dedo meñique para que un conductor rústico se detenga y los lleve.

IV

El papel vuela cargado de palabras. Soy el brillo en la punta de la navaja, mi danza es muerte. Soy el frío que levanta bajo la ropa el pezón de la mujer. Electricidad en el aire soy. Soy el piso con baba del borracho. Soy el borracho que discute con su cartera. Soy la sombra del borracho que se niega a caer, aferrado al muro. Los recuerdos nunca se marchan. Soy el perro sin dueño que husmea en el callejón. Olor de orín soy. Soy la entrada caliente del callejón de las putas. Soy la mirada del ciego que pide limosna en la esquina del callejón. Soy tu limosna solitaria en la escudilla del ciego. Soy la moneda que desprecias y la entregas al ciego. Escudilla con sarro soy. Soy el ciego que escucha tus pasos y tiende la mano. Soy la tarde en que el ciego se sienta en el callejón. Mano que tiembla soy; soy el zapato de la mujer que vende su cuerpo, que nadie mira. Soy el padrote que mira por la ventana el trabajo de la mujer en el callejón. Soy el cigarro que espera cliente. Punta de tu lengua soy, pared de enfrente. Grafiti. Soy bote de cemento que canta. Soy el callejón con susurros que busca a los obreros de la construcción mientras resuena el chicle en la boca de las putas. Marca del territorio soy. Ando en patines, dice. Cargo pistola, dice. Me llaman muerte, dice. Soy párpado de borracho que no duerme. Soy música de Rockola. Soy el baile del simio. Yo bailo mambo. Yo apago la luz cuando todos se marchan. Yo rompo cervezas, zapato de charol soy. Gargajo que vuela entre colmillo y la sombra en el callejón. Cadena gruesa en tu pecho soy. Bastón y sombrero ando. Sección de Nota Roja Soy. Mi nombre aparecerá mañana; ley que se vende soy, cuarto de azotea. Pulga que brinca en la cama soy. Yo soy el vaso, mi mujer se llama bebida. Lágrima soy. Espanto soy. Gemido soy. Dolor de panza lado derecho soy (la Muerte No Temas soy). Yo soy el frío que te muerde. Soy sed que te despierta. Soy el hambre que te coge. Soy el muro que te esconde, no temas.

V

Antes que existiera mi voz estaba la voz del hombre que, montada en el aparato de sonido, anunciaba a los cuatro vientos guisado de res y garnachas, pollo frito para la cena.

Un hombre con sombrero recargado en el muro fumaba, podía ver las piedras, la tubería rota remendada como un tobillo. En la casa no llegaba el agua. En un jacal de lodo enrojecido una mujer vendía tortillas, veo la luz del día colarse en la sombra como navajas que atravesaban entre láminas agujeradas; las dos rocas enormes que, mientras yo crecía, eran atacadas por lenguas de fuego. En el Templo arrancaron de mi cuerpo el alma en pena de un ebrio, “déjame, aquí vivo”, dijo. Frente a mi cuerpo flaco una anciana vestida de blanco hacía la oración para que regresara aquel espectro a las sombras.

___ Paz y luz para iluminar tu camino, hermano; paz y luz para tus pasos –dijo la anciana.

¿Quién soy? Tengo tristeza por los muertos que no conocí. ¿El alma de un ebrio mora en mi pecho? A veces no recuerdo lo que digo. ¿No soy responsable de esta escritura? A veces soy violento. “En esta hora de gracia”, dijo la anciana con los ojos cerrados, lo recuerdo. Nunca supe si las oraciones de la anciana pudieron sacar de mi cuerpo el espíritu del ebrio.  La palma de su mano permaneció extendida frente a mi rostro, olía a mezcal, lo recuerdo; a veces, cuando anochece, recuerdo la calle donde el hombre con sombrero fumaba y escupía hebras oscuras de tabaco, recargado contra la alta pared de ladrillos rojos, bajo la ventana de madera, entre la nube de zancudos mientras mi madre me conducía al Templo.

___ ¿Quién era el hombre que nos miraba pasar en el camino? –pregunté un día.

___ El Diablo –dijo mi madre.

VI

Una noche ella contó la historia de su padre, fallecido en un hospital de la ciudad. Ella tenía ocho años, iba en el tercero de primaria, dijo que su padre tenía un perro negro y tuerto en la azotea de su casa, fiero y bravo. La noche en que llegó la caja con su padre aulló el perro. Toda la madrugada aulló. Dijo que su padre muerto había tenido dos velorios: cuando avisaron de su fallecimiento y cuando no trajeron el cadáver. Los caminos eran malos, se hacían muchas horas de la ciudad al pueblo; de la desgracia primero llegan las noticias. Puedo recordar el olor de las flores, la pudrición del agua en los floreros, dijo ella. Luego del entierro, a la vuelta del panteón, ella subió a ponerle comida al animal, no dijo el nombre del perro, pero imagino que se llamaba Capitán o Negro o Poca Luz; ella me dijo que encontró muerto al perro, pudo ver en la azotea de su casa las varillas de acero oxidadas cubiertas en la punta con botellas de vidrio, verdes, que salían de la loza de concreto como lamentos; allá arriba percibió también el olor de las flores podridas, dijo que encontró tendido a animal con el único ojo sano abierto, con la cara echada hacia arriba, como si buscara a su dueño. Ella recordó el viejo almendro sembrado en la esquina de la iglesia de su barrio, el tronco nudoso y oscuro, sus hojas largas y empolvadas, como lágrimas.

VII

___ Mi padre me trajo en uno de sus viajes una mochila de cuero –dijo el hombre en la cama, con el rostro iluminado con la brasa del cigarro.

___ Todos estos años estuve ahí para ti –dijo la mujer-, aunque pasaran cosas y creciera la distancia estaba ahí.

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