ESTUDIO : LA CREACIÓN ARTÍSTICA ES LA CURA DE LA ENFERMEDAD

La enfermedad es en gran medida ineludible. Lo que podemos hacer es vivirla con diferentes actitudes, algunas de las cuales pueden contribuir a transfigurarla. El hombre enfermo se enfrenta no sólo a una deplorable condición física sino a una posiblemente pronta condición desmoralizante. En su fuerza moral, mental, espiritual yace en gran medida el rescoldo de su salud.

La enfermedad ha asolado a grandes figuras del pensamiento, sin que esto las haya detenido en su creación, al contrario, en muchos casos, desde Plotino, Pascal, Nietzsche o Simone Weil, esta enfermedad ha sido, si no una ayuda para su obra, si una parte de su trabajo y de su reflexión, una sustancia incorporada, como si fuere, al horno alquímico de la existencia.

Nadie lo ha puesto mejor en este sentido que el poeta alemán Enrique Heine:

a enfermedad se tornó en la más básica condición

de mi urgencia creativa y de mi tensión;

creando era como yo convalecía,

creando, otra vez, mi salud crecía.

Así se dibuja esta posibilidad de encontrar una veta en la enfermedad a través del arte. Esto es lo que de alguna manera Nietzsche llama la justificación estética de la existencia, o el sentido de la existencia como un evento estético. Dentro de la filosofía de Nietzsche que siempre coquetea con el nihilismo, sólo queda el arte, la propia obra, la vida misma vivida como una obra de arte como justificación existencial en un mundo sin esencias eternas.  Es sólo nuestra capacidad de vivir de esta manera, artísticamente/estéticamente lo que nos puede dar sentido, siempre al borde del abismo.

Por otro lado, es sabido que el arte tiene una importante función terapéutica. Algo que vemos por ejemplo en el trabajo de Carl Jung y actualmente en la proliferación de numerosas líneas terapéuticas basadas en la creación artística. Sin embargo, lo que dicen Heine y Nietzsche es más profundo, si bien tiene también un efecto terapéutico. En el caso de Nietzsche, lo importante no sería curar la enfermedad sino asimilarla al flujo de la existencia, no rechazarla, no adoptar un resentimiento a la vida debido a esta condición. Esta enfermedad sería parte de la fatalidad trágica de la vida, y por ello también una fuente de enorme riqueza, incluso de una suerte de éxtasis. Nietzsche, como es sabido, no logró realmente curarse de la enfermedad, al contrario pereció, acaso exprimiendo toda su sustancia vital en su obra. Lo cual nos deja con el predicamento de si es mejor una vida sana o feliz o una vida trágica y con una misteriosa valentía que perdura por los siglos.

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