Jhon Jairo Velásquez Vásquez: Sobreviviendo a sí mismo.

Por:Mariana López Hernández


Quien no conoce a Dios con cualquier
santo se hinca, así reza el popular dicho mexicano, sin embargo, para el colombiano Jhon Jairo Velásquez Vásquez de 53 años de edad, esto no es verdad.

Hablar con Popeye, como se le conoce a Velásquez, es una suerte de contradicciones para quien lo escucha. Se le odia o se le intenta comprender aún sin saber, con profundidad, los recovecos de su alma.

A los 17 años encontró la divinidad que le cambiaría la vida: se unió a las filas de Pablo Emilio Escobar Gaviria, el mayor narcotraficante que ha dado Colombia y que a partir de su presencia delictiva, el rumbo del narcotráfico en el mundo tuvo su punto de partida.

Fue después de asistir a la Escuela Policial que Popeye decidió abandonar la academia y acercarse a lo que más le gusta: la adrenalina. Ésta sólo podía inyectársela siendo parte del cartel más grande y poderoso de Colombia.

Frente a sus recuerdos, Velásquez asegura que fue la corrupción que vio dentro de la policía lo que terminó de convencerlo para convertirse en órgano fundamental en las entrañas del famoso narcotráfico de aquél país.

Popeye recuerda mucho. Revive sus memorias con la misma exaltación que la primera vez. Sus ojos se alumbran cada vez que menciona a quien consideró un padre, un amigo, un cómplice. Pareciera que en algún lugar de su historia perdió un trozo de su identidad y se limitó a servir al capo de capos.

Recuerdos…

Cuando era niño, Jhon Jairo no sufrió carencias económicas, su familia era de clase alta y, desde pequeño supo que no pertenecía empáticamente a ella. Aunque eran seishermanos, su niñez fue más bien solitaria, no encajaba en la unión familiar. Su padre era un hombre enérgico y violento que no se detenía a la hora de los golpes y los castigos. Cuando Popeye recuerda, con esfuerzos, esos días, lo único que le hace ilusión es recordar las tardes en que después de los castigos venían los helados, los momentos en que todo se olvidaba en azúcares y conos. Todos Nacemos Pacíficos y con amor en el corazón, pero la vida lo va haciendo violento” sentencia.

Desde pequeño fue líder; el deporte era y sigue siendo su pasión. Nadar, correr, andar en bicicleta era lo que más le gustaba. También peleaba mucho en la escuela, sus compañeros veían en él al perfecto deportista que odiaba perder y que utilizaba los puños para hacerse respetar.

En la historia de Popeye ya no existe un antes y un después, su pasado familiar, su niñez y juventud forman un recuerdo borroso del que, es claro, no le vale la pena recordar. En esos años, aún no tenía un apodo, seguía siendo Jhon Jairo, el hijo, el hermano, el deportista, el rebelde. Aún no llegaba a su vida la emoción que tanto anhelaba, el lugar en un mundo al que perteneciera y en el que se le respetara a sangre y fuego. Fueron buenos y malos días, historias de familia que hacen que cada uno tome los rumbos que más le convengan.Equivocados o correctos. Sin bien ni mal.

El encuentro…

Al llegar, por un golpe de suerte, la invitación a trabajar para el mayor capo de la droga colombiana, no hubo tiempo para dudar, la respuesta fue clara, había llegado la oportunidad de figurar dentro del mundo de la mafia.

Pero, ¿Cómo un joven decide anteponer la vida de otro sobre la suya? Sencillo: para Jhon Jairo, Pablo Emilio Escobar Gaviria era su Dios personal y a él, místicamente, le rendía pleitesía y sumisión

Amar es un acto de fe, y Popeye lo sabe. Amó profundamente la figura de Pablo Emilio Escobar Gaviria, fue su mano derecha, su cómplice y su sicario. Algunos le rezan a seres etéreos, se encomiendan a santos y hacen promesas a vírgenes inmaculadas, pero Jhon Jairo Velásquez Vásquez tenía solo un amor en la vida, un único ser al que arrodillársele con fervor: el jefe y rey del cartel colombiano.

Muerte…

Trabajó durante doce años ininterrumpidos para Escobar, en su historial cuenta, como él mismo lo relata, con los crímenes de más de 50 mil colombianos, entre ministros de justicia, magistrados, políticos y civiles involucrados en el tráfico de drogas.

Popeye se anima cuando llegamos a este momento de la plática, la sensación de poder y libertad que le da recordar sus hazañas y crímenes parece que le devuelven la vida. Asegura no estar arrepentido de trabajar para el cartel, al contrario, esa es su firma de oro en la vida que hoy lleva. Vivir a lado de Escobar Gaviria lo convirtió en su sombra y en su protector. La vida misma hubiera dado de ser necesario para salvar la de su jefe.

Valor…

Cuando se le cuestiona sobre el valor de su vida sobre la de Escobar, Popeye resuelve con claridad y con una pasión que abruma porque parece cegadora Yo quise servirle y ser parte de su ejército, si mi vida se iba en ello, estaba dispuesto a morir por su nombre. Nunca miré tan alto como para querer ser o creerme él. Yo quería ser Popeye, y lo fui. Ninguno de nosotros tenía el cerebro de Pablo, ninguno la capacidad de hacer dinero, ni el control del miedo que él tuvo.  El único hombre al que he visto rodeado, ya para ser matado, y que he mirado a los ojos y no tenía miedo era Pablo Escobar Gaviria. Era mi líder, yo lo tenía endiosado, yo era más bajo que mi líder, más bajo que mi Dios, en el momento que yo quisiera igualarme a él, yo era hombre muerto, iba contra mi fidelidad y yo era un hombre fiel”.

Su Dios…

El mítico Pablo Escobar ha sido objeto de incontables reseñas y biografías, muchos han contado anécdotas de su vida, nadie más cercano a él que Popeye para saber quién era el narcotraficante más perseguido por la DEA.

Si se le pregunta a Velásquez, no tiene más que palabras de admiración para el capo. Dice que fue un padre protector para él, quien se quitaba de la boca la comida para dársela a los más humildes, quien hablaba de igual a igual con quien se le acercara; el mismo hombre que le enseñó, con sangre, el valor de la lealtad como eje que mueve al mundo.

Guerra…

Matar dentro de la guerra, como la llama Popeye, era algo que había de hacerse a diario. Las traiciones eran jamás perdonadas y las muertes, por más viles que fueran, tenían que ser ejecutadas. A él, le pesan algunas más que otras, como el día que mató a sangre fría a una mujer embarazada, o el asesinato de Wendy, el amor más grande de ese momento de su vida.

Morir o matar, así era la vida de este sicario que en la venas tiene aún restos del guerrero que dice, Escobar lo hizo ser. En aquel entonces, lo único que importaba a Popeye era el reconocimiento de su trabajo, el apoyo a una guerra que a Colombia le significó sangre y muerte.

Traición…

La cabeza de Escobar estaba valuada en 10 millones de dólares, Popeye tuvo todas las oportunidades de entregarlo, de traicionar a su mentor. Nunca lo hizo. Por miedo, por respeto o por verdadera lealtad. “Mi vida quedó en la gratitud de un guerrero el cariño por Pablo, por el pagué 23 años de cárcel”.

No es difícil entender la manera en que Escobar tejía sus redes en la mente de sus sicarios, los abrigaba, los protegía, los enriquecía y les daba un lugar privilegiado dentro de su organización. Cientos de jóvenes se vieron cautivados por las bonanzas del capo. Unos más, como Popeye, encontraron en él, el motivo para matar, saciar la necesidad de encontrar un lugar donde dejar de ser desconocidos y combatir en un guerra que, al final de cuentas, no era la suya.

Ver morir…

Velásquez recuerda su Pietro Beretta; revela su lista de armas preferidas, sabe del tema como todo un experto que es, parece que, dentro de él, ansía el rebote al jalar un gatillo. Entonces recuerda que la primera vez que mató fue a un chofer de autobús que atropelló a la madre de uno de los suyos. Ese día sólo hizo lo que le ordenaron “Yo no me pongo a pensar mucho, y voy de frente. El día que me dijeron que tenía que matar vi a la persona un día antes, al día siguiente llegué, me acerqué y lo ejecuté de dos balazos en la cabeza. Listo. El operativo se había terminado”.

De lo único que me arrepiento es de los crímenes…”

Popeye se autonombra guerrero. Lo fue mientras estuvo con Pablo Escobar, ahora 23 años después, dice que libera sus propias batallas, en campos que nada tienen que ver con las drogas y la muerte, pero quizá las artes de la guerra nunca se olvidan  “los guerreros no sienten… la bondad no existe en la guerra, cuando uno termina de matar va y acaricia a un niño, va y le hace el amor a una mujer, va a misa, a un restaurante. El guerrero cuando está en la guerra debe tener esa mentalidad las 24 horas del día”.

Estuvo dispuesto a dar su vida por el narcotraficante, a quien le dio el poder sobre la suya y por quien sin dudarlo mató a diestra y siniestra sin arrepentimiento alguno, en ese momento. En algún lugar de nuestra conversación, Popeye repasa la respuesta al preguntarle si su vida valía menos que la del capo como para arriesgarla de tal manera “orgulloso estoy de haber peleado por Pablo Escobar, siempre lo estaré, llégueme el agua a donde me llegue. De lo único que me arrepiento es de los crímenes. Yo sabía matar pero Pablo no era quien mataba, éramos nosotros quien dábamos la cara”.

A Popeye no le da miedo morir: ha visto morir a tantos, se ha llevado la última mirada de muchos, han sido sus manos quienes han cortado la vida de miles de personas que ahora no cree en lo fatídico que le pudiera esperar. Está seguro que si un  día lo ejecutan estará en paz, dice que Dios, lo habrá perdonado ya; que su culpa la ha redimido con 23 años de cárcel y con el peso que le da haber sido el sicario más poderoso en su etapa con Pablo Escobar.

50/50

La palabra Dios es un elemento clave en la mente de Popeye. Cree en él, pero también, sigue creyendo en Pablo Escobar “para mí, Pablo era mi Dios y si en este momento se me apareciera Dios y Pablo, no lo sé… Estoy un 50/50… Me iría con Pablo”.

Su fe en el cartel y en su Jefe fue lo que lo mantuvo con vida durante los 23 años que estuvo preso. Ni un solo día olvidó su mentalidad de guerrero y aunque fue víctima de atentados y confinamiento en calabozos de la prisión, sostiene que pensar en Pablo lo mantenía a salvo. Es más, soñaba con él, con volverlo a encontrar y ser parte de sus filas de combatientes.

¿Libertad?

Hace 14 meses Popeye vive en libertad condicional, lo que no significa que sea libre. Sobre él carga miles de muertos, millones de lágrimas de deudos, sangre salpicada de muertos a quemarropa de sus años más gloriosos. Para él, todos los días ahora son iguales,  con sus contadas excepciones: puede beber una cerveza, salir a la calle, ver la televisión y ser amo y señor del switch de la luz.

Popeye no se arrepiente de aquellos años en el narcotráfico, y si lo hiciese, aclara, a manera de penitencia, que sus años en la cárcel han pagado todos sus daños. “Los 23 años en cárcel no cura nada de los deudos, soy la memoria histórica del Cartel de Medellín, he cooperado con las victimas sacando adelante los magnicidios en los que está metido el Gobierno colombiano, acumulo enemigos por mis declaraciones” así ha terminado con la culpa que en algún momento pudo sentir.

Sobreviviendo a…

Mientras cumple su sentencia de libertad condicional, Jhon Jairo ha escrito dos libros, el último de ellos Sobreviviendo a Pablo Escobar muestra a un hombre que después de 12 años de servicio y 23 años de cárcel, se declara sobreviviente a la guerra sangrienta del cartel de Medellín, quien además sobrevivió a la fuerza y violencia del capo más  grande de Colombia. Podría ser, también, que se sobrevivió a sí mismo, y esa fue su más grande batalla.

La vida después del cartel

Popeye tiene nuevos proyectos que incluyen el acercamiento a los jóvenes para que no “entren al mundo de las drogas”, sabe que es una tarea difícil ganarse la confianza de su gente, a pesar de tener el apoyo de una parte de la población. Plantea la creación de la materia No a las drogas en las escuelas; el apoyo a las víctimas de los magnicidios cooperando con el Gobierno.

Gabo

La prensa le ha dado su enemistad, sobre todo, después de las declaraciones que hizo sobre el escritor más famoso de Colombia «la prensa colombiana está muy ofendida conmigo… Gabo, hombre de izquierda… Nunca puse en tela de juicio la capacidad de escribir de Gabriel García Márquez… Gabo era amigo de Pablo, lo presentó el M19, era un emisario del narcotráfico: si yo le entrego una carta para el narco y él la entrega entonces es un emisario. Gabriel siempre fue emisario de los hermanos Castro. Hombre seguido por la CIA por ser de izquierda y por cooperar con todos esos movimientos guerrilleros en Latinoamérica y por su relación con Pablo Emilio Escobar”.

Velásquez sabe muy bien lo que ha hecho, es un hombre inteligente y tiene en su memoria datos precisos que repite una y otra vez. Discurso político o no, tiene en sus manos la oportunidad de llevar su vida al cine, cosa en la que ya trabaja, además de otro libro y actividades a la luz pública. Bien lo dice: “el micrófono no me asusta”.

México: Enrique Peña y El Chapo

Popeye habla de México, sabe muy bien el historial de narcotráfico en nuestra nación, recuerda los tratos y el apoyo que su cartel tuvo de  Amado Carillo El Señor de los Cielos. No duda en opinar sobre el actual presidente Enrique Peña Nieto y su penosa actuación frente al escape de Joaquín el Chapo Guzmán, además tiene claras las diferencias y los errores en que los capos mexicanos han incurrido “En la época de Pablo, él tenía el control de la Ciudad por eso fue la guerra, era un hombre que atacaba de frente al Estado, los mexicanos se dedicaron a matar, no han sido capaces de atacar el Estado porque no han sido capaces de tocar a ningún miembro del Estado mexicano, porque no son capaces”.

“A Peña Nieto, le reitero mi respeto, pero no tengo respeto por el Gobierno de México. Peña Nieto quedó muy mal con los norteamericanos y con el mundo porque no quiso extraditar al Chapo. Ahorita para el Chapo es muy peligroso porque la gente de Peña va a ordenar que lo maten y los americanos lo quieren vivo para que les cuente… Esta guerra es una locura porque han acabado con las cabezas pero, en México está la cultura de la muerte y la violencia, está llegando la cocaína a los puertos de México y el problema es que la policía no es nacional sino compartimentada.

El Chapo está en la montaña, creo q está en Guatemala, en este momento tiene el fusil en la mano, no está usando ningún medio de comunicación, trata de que se calmen las aguas, está quieto; no ha atacado a nadie, yo lo veo reculando”.

Pero para Popeye existe una organización aún más peligrosa que los carteles en Latinoamérica, más poderosa y letal y que pocos voltean a ver y que de no ponerle atención, rebasará los límites imaginables: la Mara Salvatrucha

Educación y legalización.

Para el hombre que perteneció 12 años al Cartel de Medellín hablar de los problemas por el consumo de drogas en el mundo y en especial, en Latinoamérica es un tema recurrente en su cabeza “cuando empezó el problema de la coca era problema de México y Colombia y el  mundo nos dejó solos con eso ¿por qué la cocaína ha llegado tan lejos? porque tiene publicidad gratis; uno menciona a Pablo Escobar, al Chapo… y los jóvenes saben que se habla de cocaína. La solución es la legalización. Legalizar solo mariguana y cocaína… Estados Unidos no quiere que se legalicen porque quieren intervenir con la DEA y la CIA a países pobres como los nuestros.

Penalizar la heroína, es una droga sintética terrible, drogas sumamente dañinas no. el dinero que el estado ganará con la venta de mariguana y cocaína debe utilizarse para luchar contra las drogas sintéticas” argumenta.

La vida ahora

Después de catorce meses en libertad condicional, Popeye ha vendido más de 150 mil copias de su primer libro y más de 15 mil del segundo, hasta el momento. Vive en los alrededores de Colombia, cambia de casa lo más posible, no mantiene contacto con gente de servicio para evitar las fugas de información, se ha quedado solo después de vivir años de gloria en la mafia colombiana. Su exesposa y su hijo están lejos de él, mantiene la esperanza de un reencuentro amoroso con quien fuera su esposa. Se sabe solo y lo está a pesar de su libertad. “Estoy solo, soy feliz, la cárcel me enseñó a vivir solo, la vida me enseñó a vivir solo. Soy feliz con lo que soy con lo que fui y quiero ser. Yo soy un guerrero y vivo feliz. La libertad es un gran tesoro que uno tiene, tengo muchos escondites,  mis fincas, mi apartamento. Me muevo mucho, si se me antoja una cerveza voy y me la tomo…”.

Cambió mi vida, juego mi vida, al fin y al cabo la tengo perdida…

Hoy, Jhon Jairo Velásquez Vásquez no tiene miedo a morir “Todos los seres humanos tenemos miedo, y yo lo he sabido manejar, Dios nos dio el miedo a todos pero la clave es manejarlo y el miedo mío, lo potencializo a la acción, esa es la clave. No le tengo miedo a la muerte. Si llega la muerte bienvenida sea, salgo a la calle de frente y tampoco me voy a entregar fácil. Estoy viviendo de lo que viví y eso es lícito a pesar de las críticas. La gente en Colombia prefiere a Popeye matando que haciendo lo que hago porque la cultura de la violencia es la que reina en este momento en Colombia.

Si yo veo mi vida en peligro, disparo…

A pregunta expresa sobre si volvería a matar, Popeye asegura, tajante, que sí. “Sin ningún problema, si yo veo mi vida en peligro, disparo. No tengo problemas con eso. Ahora pienso más en la calle, porque mucha gente me ofende en la calle y yo me echo mejor para atrás. Para defender mi vida yo mato, pero no vuelvo a matar por contrato ni cobro por la vida de alguien”.

El final

Ahora convertido en piel y sangre en Popeye, dice no extrañar su pasado antes de Pablo Escobar, cuando aún era Jhon Jairo. Olvidó ya, que de niño quiso ser marino, que jugaba en la finca con el caballo de su padre, que gustaba de siempre ganar en las competencias deportivas y comer helados junto a su madre.

Durante más de 30 años Jhon Jairo dejó de ser él para convertirse en sicario, sombra y protector de Pablo Emilio Escobar. Perdió su vida, su familia, largas pláticas y caminatas tranquilas por su verde Colombia. Ahora espera vivir al día, sobrevivirse a sí mismo, a sus recuerdos y sus glorias. Sobrevivir a la ansiedad que le da saber que Pablo ya no está, que su papel dentro de la obra terminó y que no le queda más que tener la mano siempre lista en el gatillo por si alguien está esperando el tiempo exacto para ejecutarlo.

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