ELENA PONIATOWSKA Con su nombre escrito en las estrellas.

Por: Mariana López Hernández

Elena Poniatowska Amor baja las escaleras del segundo piso de su casa, con una agilidad que abruma. Nacida en Francia en 1932 (nacionalizada mexicana desde 1969), a sus 87 años, la luz del sol le ilumina el rostro y entonces sus ojos, otra vez, son de niña.

La escritora nos extiende la mano y la aprieta con fuerza. Nos invita a sentarnos y nos mira curiosa entre micrófonos y cámaras. Es claro que ella preferiría ser la que hace las preguntas. Sin embargo, se acomoda en su sillón, tan amarillo como el sol, dispuesta a escuchar.  Estamos enfrente a la periodista y escritora mexicana recién ganadora del Premio Cervantes de España.

Imagínense en un mundo con paredes de libros y ventanales tan blancos como hojas recién cortadas, Monsi y Váis, los gatos, mascotas de la casa, paseando soberbios y animados frente a nosotros mientras la espera se hace menos al repasar con la mirada de arriba abajo todos los rincones de aquel lugar que si existe.

El sur de la Ciudad de México, siempre verde, lluvioso, nos hizo camino momentos antes para llegar a una casa blanca y luminosa. Nos recibe una mujer morena, quizá salida de alguna página de Hasta no verte Jesús mío, de rostros serio que apenas nos regala una mirada, ajetreada por regresar a la cocina.

Estamos a esa casa de paredes de árbol y tomamos asiento con una formalidad extrema que hasta ahora desconocíamos. Detalles coloridos de un sincretismo que arrulla se mezclan en los pequeños huecos. Miradas capturadas en fotografías que cubren paredes y mesas llenan de nostalgia el aire. Se siente el sabor de los recuerdos de las innumerables historias aún no contadas.

Hay algo que no nos sorprende, nos conmueve: México está presente en cada rincón de este lugar como presagio, cura y compañía de una princesa polaca que hizo de nuestro país el leit motiv de sus historias.   Toulouse, Francia, la vio salir hacia Bilbao, desde donde llegaría a la Ciudad de México cuando tenía 10 años, luego de que su padre, el General Jean Poniatowski, que combatía en la Segunda Guerra Mundial, decidió poner a salvo a su familia y enviarlos a nuestro país. Así, Elena; Kitzia, su hermana; y Paula, su madre; se asentaron en nuestro país. Jan, su hermano, nacería algunos años después.

Llegar a México jamás la hizo sentir despojada de su país ni de su patria, “cuando se es niño, la patria son los padres, y a esa edad, mi patria era mi mamá porque estaba conmigo…” dice Elena, mientras se le agolpan los recuerdos en la mirada.

Desde su llegada conoció el dulce matriarcado de nuestra tierra: la impresión que su abuela materna, Elena Iturbe Viuda de Amor, quien residía aquí, le marcó para siempre el corazón mexicano que se formaba: “su alegría, su gusto, su casa llena de perros, gatos…su cariño enorme”. Un par de años después de su llegada a México, conoció a Magdalena, quien trabajaba en su casa. Quizá fue uno de esos golpes de realidad al estilo mexicano: ella era su compañera de niñez y juventud; sin embargo, cuando acababa el cariño, empezaban las responsabilidades, y, como Elena recuerda, era su gran compañera con una gran desventaja: ella “Magdalena lavaba mis calzones, cargaba mi mochila…”

Las diferencias entre su realidad en Francia y la vivida en esta tierra multicultural siempre fueron claras, como lo remarcó en su discurso de abril pasado en Alcalá de Henares, España, cuando el mundo entero la veía: “las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humanidad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: “¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?”

En un país como el nuestro, con personajes de a pie rapaces, feroces; y también humildes y valientes, las preguntas no se hacen esperar, las dudas, la necesidad de sentir en la piel la vida de otros, la mirada de quienes crean naciones en el trajín diario que hace un hervidero de sangre en el cuerpo de algunos que, como Elena, buscan eternamente las respuestas.

Y entonces, llegó al periodismo. Cuando recuerda sus inicios en éste, se mira joven y llena de expectativas que poco a poco se fueron disolviendo al darse cuenta que, como mujer, la discriminación eran el pan de cada día “me inicié en el t en 1953, había muy pocas mujeres (periodistas), recuerdo muy pocas, en Excélsior estaba Bambi (Ana Cecilia Treviño) y yo. Nos decían la güera y la morena. Había mucha tendencia como la hacen ahora para decir que las periodistas bonitas, jóvenes… eso era un poco extraño, nuestra condición de mujer era lo primero, además no se creía para nada en las mujeres, se decía que la mujeres trabajaban MMC (Mientras Me Caso); que no había que invertir un centavo en ellas, ni que tomaran cursos propedéuticos ni enviarlas a hacer grandes reportajes, ni decirle que el periódico la enviaba a este viaje, nunca… las mujeres nos refundían a la sección llamada de Sociales”

Sin embargo, se trazó su propio destino, siguió buscando preguntas que debían ser respondidas, imágenes que necesitaban un nombre, historias listas para llenarlas de seres vivos y darles letras a los sin nombre. Elena se convirtió en una preguntona ejemplar, una curiosa sin remedio.

En su camino ha encontrado a miles de mujeres que le llegan al corazón, entre ellas, Rosario Castellanos, Tina Modotti (Tinísima, 1992) Leonora Carrington (Leonora 2011) de éstas últimas escribió – y especialmente Josefina Bórquez, mejor conocida como Jesusa Palancares, protagonista de uno de sus libros más emblemáticos, Hasta no verte Jesús mío (1969). De ella habla con una verdadera cercanía y se nota la nostalgia en sus palabras al afirmar la gran influencia que esta tuvo en su vida. “A ella la oí hablar, ella era lavandera, me encantó su voz, era chaparrita, sus cabellos blancos, todo lo que decía era sensacional, entonces, le dije que la quería ir a ver, ella me dijo que no lo iba a permitir, que yo era una catrina que no sabía ni qué era lavar un overol. Después nos hicimos amigas, pero fue muy difícil llegar a convencerla”.

A Elena se le revuelve el corazón y se le asoma la nostalgia cuando asegura “Yo cometí un error que fue hacerle caso, en realidad tuve que publicar la novela con su verdadero nombre, pero ella no quería porque decía mira nada más estas patas de araña… En esa época las grabadoras eran enormes, conseguí una prestada, una grabadora enorme que llevaba su vivienda y me decía usted me está robando la luz, quién me la va a pagar. Ella era una gente que me echaba mucho en cara mi condición”.

Y esa misma condición, la llevo a ser duramente criticada, décadas más tarde, al unirse a la campaña del entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien vivía un torbellino por su inminente desafuero. Quienes no comulgaban con las ideas del candidato, no repararon en insultos y comentarios ácidos y agresivos contra Elena, que hasta ese momento se había mantenido al margen de la política.

“Me dolió muchísimo ver la saña. Yo nunca he obtenido absolutamente nada, al contrario, he perdido. Han sido muchísimas críticas, además yo no tenía mucha idea lo que era. Vino López Obrador… me dijo que to le ayudara, le dije, si yo no sé ni dirigir mi casa… ¿cómo voy a poder ayudarlo?”.

Elena encontró la manera de entender la política en México, yo como parte activa, y acompañó a López Obrador en días y tardes de mítines políticos hablando frente a multitudes sobre un cambio en el que ella verdaderamente creía. Al final de las campañas políticas, el candidato resulta vencido y entonces toda la maquinaria se detuvo. Sin embargo, aún en sus días, la relación entre los dos es estrecha y cuando se lo piden, ella está ahí, mexicana al grito de guerra, soñadora como es.

Cuarenta y un libros publicados al 2013, cientos de entrevistas realizadas por ella, incontables premios, reconocimientos, presas con su nombre, son el legado que en vida nos ha dado la Princesa Roja, que en abril de este año recibió el máximo premio otorgado por la monarquía española: Miguel de Cervantes y Saavedra.

Llegar a España y estar del otro lado de la barra, siendo ella ahora la perseguida para dar entrevistas, fue un suceso que le costó muchas noches de insomnio. Una y otra vez su cabeza no le perdonaba la ansiedad que da saberse el agua en el desierto que todos querían tener cerca. “Recuerdo que, durante una semana en el hotel, no dormía, no por desvelo, sino porque entras a algo en que tu cerebro empieza a girar y girar, y pasas a ser el centro de la atención y cambias de lugar en la barrera. He estado en el lugar de los periodistas que aguardan y hacen antesala, que hacen preguntas y ahora era el centro de atención (…) llega un momento donde uno ya no es el mismo”

Empoderada en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el 23 de abril de este año, Elena se convirtió en la cuarta mujer en la historia en recibir dicho premio. Vestía un traje típico de la región de Tehuantepec, Oaxaca; subió con calma los escalones y desde lo alto alzó la voz y con la dulzura que da la sapiencia, emocionó al mundo al hablar de un México que siempre la ha protegido y del que siempre ha estado maravillada.

“Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: Descúbreme. El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí, en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos”

Poniatowska Amor además fue la primera mujer mexicana en recibir el premio; años atrás cuatro compatriotas suyos lo hicieron: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco, y su sincera emoción no detuvo sus palabras. “Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su palma, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan”

Con su discurso, Elena conmovió y caminó con sus palabras orgullosamente “a lado de los ilusos, los destartalados y los candorosos”, que repartidos por todo México y también por el mundo, hacen que las historias que ella cuenta se reflejen en cada mano guerra que trabaja de sol a sol en un país de posibilidades casi nulas, para casi todos.

Hablar de Dios, no es un tema que Elena le preocupe. En 1968, Guillermo Haro, reconocido astrónomo mexicano, y ella se casaron. El, observador siempre de las estrellas (La piel del cielo, 2011; y El universo o nada. Biografía del estrellato Guillermo Haro. 2013, inspiradas en él) le enseño a descifrar que sólo hay esta vida y que tienes que hacer lo máximo en esta vida, no en otra”

Y es precisamente El universo o nada. Biografía del estrellero Guillermo Haro su libro más reciente. Se dice que uno no puede ser objetivo cuando se habla de alguien a quien se ama; sin embargo, escribir desde el amor, puede ser la manera más objetiva de hacerlo.

En este libro, Elena Poniatowska desvela detalles que hasta ella desconocía de quien fuera su marido y observador de estrellas.

“Fue uno de los libros que me han costado más trabajo porque obviamente yo estaba involucrada. Lo que yo intenté es hablar tanto de mi misma: de los hijos, si, un poco. Hablar sobre todo de él, yo lo que pensé es que mis ojos que finalmente lo veían poco, lo conocieran”

Y sus hijos, de los que habla con orgullo y con los que tiene una estrecha relación, quienes en algún lugar de su alma le arañan   un porque el corazón a la escritora de Lilus Kikus, pues como periodista pasaba la mayor parte de su tiempo tras la nota y la historia y la culpa por el tiempo no dado a ellos aún la atormenta. “Yo siento que no los cuidé lo suficiente”, dice con voz al aire.

Su casa cubierta de libros funge como fundación. La idea vino cuando las universidades de Stanford y Princeton le dieron todos sus documentos para resguardarlos; sin embargo, a su hijo Felipe “le salió lo Haro: y calificó la posible donación al extranjero como una “traición a México” así que mejor decidió que su casa sería por el momento el lugar de resguardo. Sin embargo, Elena espera que el Gobierno de México le posibilite un lugar en donde pueda establecerla en forma, para así poder realizar actividades como dar clases e impartir talleres. Por lo tanto, la fundación aún en virtual.

Elena jamás se cansará de escribir, aún tiene dos libros pendientes, el primero sobre sus antepasados polacos, en especial su tatarabuelo de quien descubrió fue amante de la emperatriz rusa Catalina La Grande. Sólo existe un pequeño inconveniente, toda la información que tiene a la mano está escrita en polaco y ella tan solo sabe decir algunas palabras. “Sé saludar, dar las gracias, techo, piso. Pero si me hablan en polaco, yo me quedo en babia porque no entiendo nada”.  Sin embargo, es un tema que tiene como espina que no la dejará descansar. Volver a las raíces, dice, siempre es ejercicio de vida necesario.

El segundo libro, que quiere terminar antes de que finalice este año, es sobre la vida de Lupe Marín, esposa de Diego Rivera que fue opacado por Frida Kahlo, pero procreó dos hijas con el muralista.

Elena no quiere desaprovechar ningún momento de su vida, ninguna gota de aire, ni letra que le venga a la mente, dice que le queda muy poco tiempo y que debe apurarse si quiere que vean la luz estas dos historias que le dan vueltas en la cabeza.

De pronto se hace el silencio, Vaís, la acompaña en sus piernas, le recorre los brazos y la espalda, y entonces la escritora vuelve a ser la princesa niña. Atrás quedaron los minutos en que con una mirada diferente nos respondía las preguntas. Juguetea con Shadow, su labrador color chocolate, y mira fijamente a la nada… suspira: se ha acabado la entrevista.

Mira a algún lado, a todos. Sabe que en México la lluvia le da el pretexto perfecto para no ir al gimnasio de la colonia en el que está inscrita “con la lluvia, te pones pretextos, ¡ay me voy a llegar ensopada!, ¡me va a dar gripa! Cuando eres viejita, una gripa ya no es como cuando eras joven que una gripa te dura unos días, ahora te duran meses”.

Con media sonrisa, la mujer nacida en Francia, de familia aristócrata, creadora de historias y testigo de vidas, se vuelve una de las nuestras y nos habla con la familiaridad que da la patria, el cielo de México compartido, la búsqueda de las respuestas en las voces de quienes menos posibilidades tienen.

Elena, Poni, la Princesa Roja acostumbrada a hacer las preguntas, sonríe. Se sabe ilusa, destartalada, candorosa. Mexicana de a pie entre historias de cempasúchil y chapulines, sabe que lo que ha dado a México es un retrato fiel escrito en las estrellas.

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