EXCLUSIVA – LA DIOSA DE LAS LETRAS (Primera parte)

Ilustración Gavo Casillas
Ilustración Gavo Casillas

Por: armando vega-gil/@ArmandoVegaGil

Ilustración Gavo Casillas

No recuerdo su rostro. Cada vez que pienso en ella, sus ojos, su boca y mejillas son distintas. Lo demás se mantiene con la inestabilidad de un gas raro: neón, por ejemplo.

Por ejemplo, de la primera vez que la vi, me queda la vaga imagen de un vestido entallado de color violeta, tremendamente corto, tal y como se usaba en los albores de los años setenta, tan diferentes a los rabones y entallados de hoy. Usaba un chongo apretado, de esos que las señoras no se lavaban en semanas porque peinárselos era un tema de muchas horas de ansiedad y cuellos cansados, de dolor de cabeza, crepé y fija pelo en spray de aroma áspero, industrial: eran un avispero tieso los entrecruces de pelos, pero en ella era una columnata gloriosa. Por supuesto, Ella no era una señora, no, era la Diosa de las Letras, mi maestra de Literatura Universal en la escuela Vocacional Número Tres: un trampolín árido para trepar a una carrera técnica de Politécnico, esa fábrica de engranes para la gran industria. Pero entre la química orgánica y el cálculo integral (todos olvidados, inútiles para quien ahora soy), a algún académico se le ocurrió que los ingenieros debían ser un poco letrados, sólo un poco, tener un tema de conversación que no fueran matrices vectoriales y fórmulas venidas de teóricos añosos. Así que, en mi lista de materias, enterrada y menos preciada, la lectura se volvería un tema de pasión, pues, a parte de las emociones y pesadillas que me habrían de general los libros, yo estaba enamorado de mi maestra de letras. O quizá no enamorado, pero sí enculado. Varias noches le dediqué mis primeros orgasmos manuales a esta diosa que se sentaba, con toda la paz que le daba su sabiduría, tras una mesa abierta a los cuatro vientos, sobre una plataforma de loseta. Su vestido se corría necesariamente hacia las alturas de su tremendas caderas y revelaba unas piernas frescas, tensas en sus fondos y suaves en la superficie, bueno, eso creía yo. ¡Uta! Los perros de mi salón nos peleábamos por sentarnos en los mesa bancos que daban frente a aquellas patotas cósmicas. Debía tener unos 27 años, la edad límite de mis ídolos recién muertos: Morrison, Janis Joplin, Jimy Hendrix.

Yo no leía ni en defensa propia, sólo un libro inyectado a fuerza en la secun me había fascinado al grado de concluir el largo camino que implicaba leerlo: Colmillo blanco, Jack London.

Entonces mi Diosa de las Letras, el primer día de clases, sacó una lista llena de libros misteriosos y que sin duda me matarían de aburrimiento. A cada alumna (para sorpresa mía había en mi salón diez de ellas) y alumno nos tocaría leer de rabo a cabo uno para exponerlo ante la perrada. En la rifa del tigre me habría de tocar la Divina Comedia de un tal Dante Alighieri. Entonces, mi vida cambió y se fue directo con Dante, de mano de Virgilio, al infierno.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Unable to load the Are You a Human PlayThru™. Please contact the site owner to report the problem.