Ilustración por Gabriel Casillas
Ilustración por Gabriel Casillas

armando vega-gil/@ArmandoVegaGil

 

  1. Vocacional 3, IPN, Casco de Santo Tomás, salón de clases, horario incierto.

La maestra de literatura me mira a los ojos directo y sin escalas. Omnibús del alma. Sonríe. Yo estoy al rojo vivo. Creo que voy a vomitar. La perrada comienza a aullar y me espabilo. Todos saben que estoy enamorada de la profa, ¡ojetes! Pero que no se hagan güeyes, de Antúnez a Zapico, los hombres todorcios de este salón estamos que morimos por ella: la pasante de Letras Italianas de la UNAM, la profesora que es apenas unos cuantitos años mayor que yo, ¿qué hace una pumita linda en esta jungla de burros (asnos) blancos del Poli? Está radiante. Hace una semana apenas, sus ropas eran grises, tímidas, con el vestido apenas sobresaliendo por arriba de la rodilla. Pero ahora trae una faldita capaz de detener el transcurso del mundo, de la historia; dos piernas gloriosas, vencedoras, como las columnas que sostienen el plato plano de nuestro planeta; dos patotas capaces de detener el movimiento de los planetas y las estrella, si es que nos avenimos a la idea medieval de que el cosmos se acomoda y gira al rededor de nuestra realidad: el centro del Universo es ella, no la Tierra.

Alicia (¡se llama Alicia!) ve mi entrecejo aterrado:

—Para finales de mes, tienes que hacer una exposición de La divina comedia de Dante Alighieri. Mi obra favorita.

Y, ¡en la torre inclinada de Pisa… y corre! Se pone a declamar en perfecto italiano de la toscana del siglo XIII, bueno, así me imagino a las chicas Medicis, platicando sobre sus quehaceres y preocupaciones:

 

Per me si ve nella città dolente

per me si va ne l’etterno dolore

per me si va tra la perdutta gente…

 

—¿Dante Aliyeri? —digo con voz rota.

—No, Armando —¡uta!, me dijo Armando, no Vega-Gil como todos los profes/máquina que nos torturan con ecuaciones y fórmulas en esta escuela/fábrica—, no se pronuncia Aliyeri, sino Aliguieri. Mira. —Y escribe en el pizarrón Alighieri—. La G en italiano se pronuncia generalmente como Ye; pero si tiene una H enfrente, el sonido se hace suave, amoroso: Gui. El famoso carro es Lamborguini, no Lamboryini. ¿Cachas?

«Cachas», me ha dicho «¿cachas?».

—No te veo muy convencido de entrarle al poeta divino, Alighieri.

—La verdad es que yo… este…

—Se ve que eres un rocanrolero rudo, te oí allá afuera cantando como guerrero azteca con tu guitarra, ¿es de Paracho?

—Yo, este, yo…

—Pero hasta el hueso más duro de roer se derrite por la pasión amorosa —y dicho esto lanza un suspiro que nos mata y resucita a todos los perros del salón 1F que ya ladran, cabuleándome de lo más gacho; pero Alicia sale en mi defensa palmeando sus manos—. A ver, silencio, ¡silencio! Sabes, Armando —¡ufffffffffff!—, Dante está a punto de cruzar una selva espantosa llena de amenazas, bestias hambrientas, por ver sólo de lejos a su amada Beatrice, quien acaba de morir de amor. ¡Ay! Pero Dante, no, no puede enfrentar los peligros de la vida. Así que decide tomar el camino largo, igual o más peligroso que el de la selva selvaggia e aspra e forte, y se va con un guía, Virgilio, a cruzar el Infierno mismo y el Purgatorio para llegar con el alma de su chica.

—Pero yo ni novia tengo —le digo como para dejar claro que estoy vacante, libre para ella y nomás para ella.

—La conclusión de Dante —se sigue de frente si pelarme en lo absoluto— es que el amor es la fuerza que mueve al Sol y las Estrellas. —¡Uta!, yo que pensaba hace treinta segundos que sus piernas milagrosas eran capaces de detener el cosmos, y ella me viene a decir que, al revés, el amor es la energía del Universo que mantiene el movimiento de lo vital. ¡Ufffff! Para los piches aztecas, esa fuerza era la sangre y los corazones de los guerreros tlaxcaltecas que apañaban como presos en las Guerras Floridas, así que estoy dispuesto a que me abra como res y me saque el cuajo, el nenepil y el buche—. Sólo tendrás que leer la primera gran jornada: El Infierno.

—Contigo, Alicia, puedo cruzar el pantano y mancharme el plumaje; puedo irme de rodillas a la Villa de Guadalupe con una corona de espinas y un nopal adherido a mi espalda; ir a comprar pescado fresco al malecón de Veracruz y regresar con un robalo sonrosado para dártelo fresco, así que no me achico con el pinche infierno —le digo en la improbable voz de mis adentros.

—Puedes sentarte, Armando —me ordena con suavidad, y sigue leyendo su lista—. Zapico, Zapico Leónides.

—Presente, maestra Alicia.

—¡Ay, qué bonito nombre tienes! —¡Uta!, le acaba de lanzar un «lindo», y la perrada traslada el cabuleo contra el barroso de Leónides que más que rojo, palidece como una veladora de sebo en pleno derretimiento, razón por la que, de una estocada, desaparezco del planeta con todo y su amor y sus sacrificios humanos, ¡vale para una chingada el amor, ¡snif!—. A ti te toca Edgar Allan Poe, El escarabajo de oro.

Trrrrrrrrrr. Suena la chicharra.

La clase termina y nadie se mueve de su asiento. Estamos atentos a la profesora de Literatura, quien ha tomado el bulto de libros que trae consigo. De seguro, saliendo de aquí, va a la UNAM a tomar una de sus clases de maestría. Se dirige a la puerta de salida (que para mí jamás ha sido de entrada), y sale. Un suspiro general azota como viento huracanado al 1F, cuando de golpe regresa y el aliento de la jauría se congela. Con dificultad saca un libro de su altero y lo extiende hacia mí.

—Armando, este es para ti.

Me levanto como si tuviera un cuete en la cola y brinco un par de mesabancos como en la final mortal de una carrera con obstáculos.

Ella gira 162 grados y desparece.

Yo salgo del salón que parece que se está incendiando por los gritos y jalones de sillas. Todos, y cuando digo todos, son Todos, están asomados por las ventanas y la puerta para ver qué es lo que ocurre.

Alicia, acelera el paso y cuando llego a su cuadrante, estoy agitado como un maratonista que ve por primera vez en su vida la posibilidad de una medalla de oro. Sin detenerse, sin siquiera volverse a mirar mis ojos pelados, me da un libro hermoso, con tapa gruesa de piel, un cuero terso, como de ante.

¿Por qué ha cambiado su trato cariñoso por esta frialdad de raspado de tamarindo?

—Te voy a prestar mi ejemplar de La comedia, es una edición bilingüe, con grabados de Doré, impresa en papel Biblia. Te la encargo con mi corazón entero. Cuídala como si fuera tu cabeza, tu intestino grueso, tu ojo izquierdo.

Entonces, levanta el rostro, y su gesto serio vuelve al estallido de luz: un tipo la espera. Guapo, interesante, mucho más alto que yo, con ropa limpia y nueva. Me quedo encajado como una estaca en el piso. Alicia y el maldito don Juan se abrazan.

Muero.

Bueno, no muero de morir, pero sí que me petateo.

La profesora de literatura y el ratero de mierda desaparecen.

Abro el libro y en la primera página leo, del puño y letra de Ella lo que algún día será mi epitafio:

Recuerda, es el amor y sólo el amor lo que mueve el sol y las estrellas. Alicia.

Ahora sí que muero de morir.

Adiós, mundo cruel. Bienvenido, Infierno de Dante.

 

(Continuará…)

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Unable to load the Are You a Human PlayThru™. Please contact the site owner to report the problem.